Morales, del indigenismo político a su represión

Las fuerzas policiales del Gobierno revolucionario y chavista de Evo Morales, han cargado en la Amazonía boliviana contra la marcha de los indígenas en protesta por la vía transamazónica que habría de enlazar la costa atlántica de Brasil, pasando por Bolivia, con la costa peruana en el Pacífico.

Es algo más que chocante eso de que el “marchismo” de quechuas y aimaras, con el que Morales construyó su estrategia de presión sobre La Paz para derribar el Gobierno democrático de Sánchez Lozada, sea reprimido ahora por el suyo, sin contemplación alguna con las potísimas razones de esa población nativa – paralelas a las de sus iguales de la selva brasileña y peruana cuando protestan contra la invasión de su espacio vital -, temerosos los indígenas, con todo fundamento, de que la apertura de esa vía traiga consigo la propagación masiva del cultivo de coca, con el que el presidente Morales tiene tan sólidas concomitancias biográficas. Por partir de ahí el comienzo de su carrera política como sindicalista cocalero posteriormente reciclado en los Talleres castristas de La Habana.

Advertida la colosal contradicción de Morales reprimiendo a lo suyos y combatiendo el discurso ecologista, hay que reconocer también la prioridad estratégica que para Bolivia puede significar, por medio de esa gigantesca infraestructura viaria transamazónica, “recuperar” la salida al mar que perdió por su derrota, y la de Perú, en la guerra con Chile a finales del Siglo XIX.

Hay ahí una compleja partida en la que además de advertir las propias contradicciones internas del chavismo boliviano, debe tomarse nota del naipe energético que Morales parece querer jugar contra el Chile de Piñera desde la atolondrada exigencia que en el mes de marzo pasado formuló para que se le devolviera a Bolivia la salida al mar, como si la situación al respecto no estuviera refrendada por el Tratado de paz suscrito en 1904 por los dos Estados.

El naipe energético boliviano pasa por la muy probable instigación, desde todas las legitimaciones izquierdistas al uso, de la arremetida ecologista contra el proyecto hidroeléctrico en la Patagonia chilena de Aysen, con el que mediante la utilización del 1,8 por ciento de una lámina de agua da 330.000 hectáreas, Chile dispondría con ello de la generación eléctrica necesaria para su segundo ciclo de industrialización. Teniendo en cuenta, además, que la fuerte sismicidad del entero espacio chileno, desaconseja al recurso a la energía de fisión, especialmente después de lo ocurrido en Fukushima la pasada primavera.

Careciendo Chile además de yacimientos de hidrocarburos, habrá pasado seguramente por los cabezacalientes del chavismo boliviano la idea de que les puede salir tirado de precio bloquearle, con las huestes ecologistas, ese proyecto hidroeléctrico del sur, para así convertirse ellos en suministradores energéticos. Siendo o no así las cosas, no caen en la cuenta de que al ser la seguridad del suministro energético un factor estratégico de primera magnitud, ni este Gobierno en la derecha de Sebastián Piñera ni ninguno otro, de izquierda o de centroizquierda chilenos, renunciarán a esa seguridad suficiente de suministro eléctrico.