El Papa enfrenta el peso de la excepción

Los parlamentarios anticatólicos alemanes se adornaban ayer por Berlín, en el Bundestag, con la retórica de la excepción y la esgrima de la descortesía política. Confluyen en esa actitud ante la visita del papa Benedicto XVI a su patria alemana, en bien distinta medida, el laicismo radical de minorías con representación política en distintos partidos de izquierda y un estado cierto de malestar, principalmente en los propios medios católicos, por el reiterado escándalo de abusos sexuales sufridos por menores en instituciones cristianas.

La grave hechura moral del problema hace que este pontífice lo haya encarado en términos de energía y firmeza que contrastan con la óptica errónea, seguida hasta ahora por la Iglesia, de echar tierra encima y ocultar en lo posible los escándalos de esta inaceptable naturaleza.

Pero siendo esto lo más llamativo, de puro repugnante, no constituye el componente principal de tal protesta, en la que se incluyen otros diversos y numerosos disentimientos respecto del discurso moral de la Iglesia, especialmente en lo que corresponde a la homosexualidad y en lo que toca a la defensa de la vida; es decir, la lucha contra el abortismo y frente a la eutanasia.

Lo que más preocupa en la actitud pastoral de Benedicto XVI, desde su perspectiva de teólogo y pensador riguroso, y conforme los términos de su pensamiento expuesto actualmente en las encíclicas y antes en sus libros, es la deriva materialista del sentido de la vida y de las cosas. Extravío sustanciado en un proceso inverso al que apuntaba Ortega cuando creía reencontrar la presencia de Dios en el horizonte…

Junto a estas consideraciones a que lleva el impacto de la excepción manifestada puntualmente con la ausencia de esos diputados ante la presencia del Papa en el Parlamento Federal de Alemania, conviene apuntar otras sobre un hecho tan relevante como que en lo que también es patria de Lutero. Me refiero al hecho de que el número de católicos supera cada vez de manera más amplia el de protestantes, aunque las respectivas proporciones entre unos y otros cristianos se encuentren todavía sustancialmente igualadas.

Es fenómeno este quizá indisociable de los esfuerzos en pro del ecumenismo mantenidos por Roma desde el Concilio Vaticano II. Especialmente con el papado de Juan Pablo II y del propio Benedicto XVI.

Al hilo de esto, y por lo que respecta a las condicionantes históricas en la evolución religiosa de Alemania, conviene advertir dos cosas. Una que en Berlín sólo es cristiana el 25 por ciento de la población, posiblemente por el largo tiempo en que la capital alemana estuvo dividida, a resultas de la ocupación soviéticas. Y otra que, en la entera Alemania, el nazismo obtuvo una recluta sustancialmente mayor de afiliados entre la población luterana que entre la católica; aunque fuera un católico, el vicecanciller Von Papen quien firmó en 1933 el Concordato con la Santa Sede todavía vigente, en el que se convino el soporte económico del Estado alemán a todas las iglesias cristianas de la nación.