El parto de los montes

En verdad no cabía esperar más de los muy poco que ha dado de sí el discurso del presidente Obama ante la Asamblea General de Naciones Unidas. Efectivamente, “la paz – como ha dicho el titular de la Casa Blanca – no se puede imponer entre israelíes y palestinos”. Ni entre éstos ni entre ningunos otros antagonistas. Con decir eso no se ha dicho nada, puesto que el problema más radical es el estado de latencia en que el conflicto permanece mientras la paz no se consiga.

Es lo ideal, naturalmente, que la paz se alcance por la vía de la negociación y el diálogo, pero si la negociación no existe porque el diálogo lo es de sordos, ese estado de latencia en que el conflicto subsiste puede alcanzar, en determinado momento, un nivel crítico capaz de resolverse en estallido que se lleve por delante muchas más cosas que cuantas históricamente se ha pretendido preservar, aunque fuera residualmente.

Habría que aseverar menos en el vacío político establecido sobre las negociaciones entre Israel y los palestinos, y habría que preguntarse más algunas cosas que están en el descarrilamiento del proceso negociador reemprendido en el otoño de 2007, tras de la conferencia celebrada en la ciudad norteamericana de Anápolis, donde en presencia de todos los miembros de la Liga de Estados Árabes – y dentro aun de la presidencia republicana de George W. Bush – se convino montar un tren de negociación árabe-israelí que incluyese no sólo el problema palestino sino el de la devolución a Damasco de los Altos del Golán, cerrando con ello el estado técnico de guerra en que subsisten las relaciones judeo-sirias.

Ese tren descarriló con el estallido de la guerra de Gaza (inducida por Irán), tras de las tandas sucesivas de misiles por los activistas de Hamás contra el espacio judío colindante. Tras del descarrilamiento de ese tren y una vez finalizada la guerra aquella, hubo elecciones en Israel que permitieron el regreso de Benjamin Netanyahu al Gobierno, llevando en su coalición la facción más radical del Parlamento judío. Sin embargo no había sido su partido, el Likud, el que había obtenido más diputados, sino el Kadima, de Tzipi Livni el que consiguió un diputado más: 26 escaños frente a 25.

Arbitró Simon Péres, como presidente de Israel, que fuera Netanyahu quien formase Gobierno, pese a que la más elemental noción democrática, la de la mayoría, postulaba que el encargo se le hiciera a la señora Livni. De tal manera, el tren negociador que había salido de Annápolis cambió de maquinista en la interlocución judía. Rebrotó el escudo de la seguridad frente al lema de la paz como polar política en el viejo pleito con los árabes. Un signo que había prevalecido con el asesinado Isaac Rabin por un energúmeno del más aberrante nacionalismo.

Si en el misterio de la opción de Péres no se ha entrado, tampoco han podido despejarse las incógnitas que subyacen al magnicidio de Rabin. Lo que supuso otro decisorio descarrilamiento de las negociaciones entre Israel y los árabes. La paz, como Obama ha dicho, no se puede imponer a tales partes. Pero habría que añadir a la vista de esas misteriosas rupturas que tampoco se puede blindar, ni como meta ni tampoco como proceso. El radicalismo nacionalista de los colonos que han impuesto la reanudación de los asentamientos en espacios que política y frontalmente colisionan con la Resolución 242 de Naciones Unidas, han sido la causa eficiente de que las negociaciones entraran en vía muerta. Y esos Resoluciones del Consejo de Seguridad forman parte viva de la legalidad internacional. Algo que sí cabe blindar, porque una negociación sin norma ni marco a qué referirse, es una tomadura de pelo que puede convertirse en el pórtico de una tragedia tras el drama del pueblo palestino.

El presidente Obama, cogido en el cepo de una situación en la que se juega su entera política con los árabes, ha hablado por no callar. Y su discurso, necesariamente, ha sido tanto como el parto de los montes.