Estancamiento militar en el disenso político libio

Por si algo faltara en la proyección del mundo árabe dentro de la actual sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, junto a la rebelión palestina frente a la tutela internacional que ahormaba el proceso de la negociación de la ANP con Israel – colocando a la diplomacia de Washington en un brete, pues la “rebelión” de Mahmud Abbas pidiendo a la ONU que le den un Estado descoloca por entero las piezas diplomáticas del Oriente Medio -; por si alguna cosa hubiera que añadir a todo eso que es un lío descomunal, pues parece llevar al límite la capacidad de la ONU para dar salida ordenada a los conflictos internacionales…, por si algo faltara, insisto, ahí está ahora la incapacidad de las fuerzas concertadas en el Gobierno rebelde de Bengasi frente a los restos, dispersos y como irreductibles, del poder de Gadafi, en paradero desconocido y mofándose de la OTAN en un mensaje a través de la TV de Damasco, no han logrado estos protagonistas de la victoria provisional, concertar un acuerdo para llevarse en la cartera a Nueva York la lista del Gabinete que debe resolver las tareas mínimas y esenciales para poner orden y concierto frente a las necesidades de una población a la que han pasado por la guerra y todavía no ha sido llevada a la paz, entendida ésta como los mínimos de orden necesarios para atender las cosas más elementales.

Ahora resulta que los ingredientes biográficos de esos personajes provisionalmente victoriosos frente a la dictadura, son componentes irreductibles al acuerdo preciso para ese menester tan esencial como es la formación de un Gobierno sobre la imprescindible base de un consenso político. No se trata sólo de verificar una vez más la evidencia de que resulta mucho más fácil ponerse de acuerdo en qué no se está de acuerdo – soportar un día más la megalomanía tiránica del Coronel -, que concertar los puntos de vista y acomodar las concurrentes diversidades necesarias para construir un orden alternativo a esa dictadura de más de 40 años. Un armatoste que ha operado como cascarón de poder remedando las funciones y las apariencias de un Estado. O sea, tal como ocurrió en Iraq y ahora está ocurriendo en Siria, y de parecida manera a lo sucedido en Egipto, aunque con rasgos de mucha mayor suavidad en este caso.

Quizá sea este, muy posiblemente, el cambio más de fondo en el que sigue forcejeando aun, ahora que entra el otoño, la primavera árabe de este año. Una demanda compulsiva y masiva de libertades en toda la franja de países agavillados en la Liga de Estados Árabes, sigue presionando todavía, sin acabar de consolidar los logros en términos finales frente a la costra autocrática en que finalmente se resolvió el ciclo nacionalista del norte de África y del Oriente Próximo, luego de los dos ciclos de la descolonización. El primero, tras la implosión del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial; y el segundo, de 1945 en adelante, por el doble impulso descolonizador, a costa de Europa, de Estados Unidos y de la Unión Soviética.

Los Jalil y los Yibril, los burócratas heredados de Gadafi y las gentes del exilio que volvieron a Libia por lo que fue la cabeza de playa político-militar de Bengasi, no logran, tal como se informa, engranar entre sí y con las expectativas y los deseos de unas masas descodificadas y desvertebradas, molidas cultural y sociológicamente por la apisonadora de un poder casi semisecular, ensoberbecido, cleptocrático y manirroto. Por eso, aunque pueda parecerán sarcasmo, el orden líbico sólo sobrevendrá, al menos en el corto y en el medio plazo, por el poder y por el peso del petróleo que habrán de distribuir los asistentes occidentales desde su doble motivación: la económica y la seguridad militar en la orilla sur del Mediterráneo.