Compás crítico en Oriente Medio

En los tiempos recientes, pocos son los momentos de tanta tensión crítica para el Oriente Próximo como los que esperan a esta semana en la sesión anual de la Asamblea de Naciones Unidas. La iniciativa del presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) de llevar a la ONU la demanda de que ésta reconozca el derecho de los palestinos a disponer de un Estado, obliga a la comunidad internacional a poner en suspenso sus esquemas ante la cuestión palestino-israelí.

Estamos al final de un ciclo histórico abierto en 1948 con el establecimiento del Estado Judío, luego de que la Declaración Balfour reconociera en 1917, ante la selectiva presión del movimiento sionista, el derecho de los hebreos a disponer de un Hogar Nacional. Es un dilatado compás en el tiempo que ahora se ha cerrado con esa demanda, básicamente simétrica con aquello, por parte de los palestinos.

Y digo lo de “básicamente simétrica” porque aun no se sabe ciertamente, a estas horas, si será un Estado lo que se venga a demandar; o que, de forma alternativa, se apunte a un estatuto de Observador en Naciones Unidas para la Autoridad Nacional Palestina. Cosa en que se resolvería la petición si ésta se dirige a la Asamblea General, y no al Consejo de Seguridad. Este segundo supuesto habría de chocar con la negativa norteamericana, instrumentada con la interposición del correspondiente veto. Tal como Washington ya ha anunciado que hará.

Casi un siglo ha pasado desde que el primer borrador de la Declaración Balfour incluyera el derecho de que a la Palestina otomana pudieran llegar cuantos judíos quisieran, para sumarse en un proyecto nacional a los que allí había y que constituían un sexto aproximado de aquella población; estando los otros quintos representados sustancialmente por una población árabe, musulmana en lo principal, o cristiana. La ANP pretende que puedan regresar a Palestina los árabes que hubieron de salir de allí, forzados a su propia diáspora como consecuencia de la Guerra de 1967, y efecto de la anexión territorial que trajo consigo la contienda aquella. Unos hechos, los de la anexión de espacios, que la ONU condenó entonces, a través del Consejo de Seguridad, por medio de la Resolución 242.

Existe, por tanto, en términos de contenidos finales de población, una simetría cierta entre aquello de la Declaración Balfour, validado plenariamente por la ONU en 1948, con la creación del Estado de Israel, y la Resolución 242 de la propia ONU, en la que de modo implícito se reconoce y establece el derecho a regresar de los palestinos salidos de su tierra desplazados por la contienda en sus efectos territoriales.

Nada tiene de extraño, por tanto, que haya sido la cuestión de los asentamientos judíos en espacios que fueron árabes hasta la guerra de 1967, y especialmente en Jerusalén Este, lo que ha obstruido el avance y la posibilidad misma de las negociaciones de paz entre Israel y los árabes. Empeños que empezaron hace 20 años, que fueron relanzados el 2007 en la conferencia de Anápolis, e interrumpidos temporalmente en 2008, como consecuencia de la guerra de Gaza y definitivamente obstruidos por la política del Gobierno de Netanyahu, que sucedió al de Livni con el apoyo primordial del frente político de los colonos.

El forcejeo de fondo, como se advierte, se corresponde con lo que en Geología se llama “tectónica de placas”. Más de fondo no pueden ser los hechos y las razones o sentimientos con que unos y otros comparecen en estado de fricción; mientras la política de Washington hace y deja de hacer en función de otros intereses, planteamientos y enfoques.

Obama se juega de una parte su política global con el mundo árabe, y de otra el voto judío en las elecciones presidenciales del año próximo. Por eso su interés prioritario es el de conseguir, por vía del Cuarteto (ONU, Rusia, Unión Europea y EEUU) que Mahmud Abbas, el presidente de la ANP regrese a las negociaciones para que sea desde éstas y no por medio de la ONU por donde los palestinos acaben constituyéndose como Estado.

Un veto norteamericano en el Consejo de Seguridad sería un regalo para Irán y pondría a los árabes contra Washington. Probablemente sea tarde para maniobrar y quitarle a Mahmud Abbas su proyecto para esta semana en la sede de la ONU. Quizá sería lo mejor para todos llegar al Estado propio por el viejo camino desistido.