Estafas demoscópicas marroquíes

Mientras son ya cantadas, con la expectativa de la caída de Sirte, el solar natal de Gadafi, las últimas boqueadas de la dictadura Libia, al emplazar el CNT (Consejo Nacional de Transición) en este fin de semana la rendición de las fuerzas que siguen siendo leales al dictador del harén militarizado; en tanto las relaciones entre los rebeldes y la dictadura post-militar de Argelia se tensan críticamente por el asilo concedido a la segunda esposa de Gadafi y algunos de los hijos menores de ambos; al aíre del seguimiento que se hace desde la ONU de la ruina del gadafismo, respecto del posible envío a Libia de una misión política que asesore a los victoriosos sublevados, en el tiempo proceloso de la transición que viene …

Y en tanto sube internacionalmente el nivel de conciencia sobre la inhumana crueldad de la represión de los Assad, con las revelaciones de AI (Amnistía Internacional) sobre la liquidación genocida y carcelaria de gran número de detenidos en las manifestaciones contra la tiránica minoría de los alauí de los Assad sobre las mayorías suníes, manifestaciones que se reiteran por todos los puntos cardinales del país, incluyéndose en las atrocidades denunciadas los descuartizamientos de las víctimas antes de que los restos de éstas sean entregados a sus familiares …

Cuando todas estas cosas ocurren en el presente compás del tsunami político que anega gran parte del mundo árabe, afloran noticias cuya importancia no viene dada por el número de las víctimas de las represiones sirias o de la contienda Libia, sino por el valor expresivo que supone no la detención en sí ni en el procesamiento sin el acompañamiento de la libertad provisional, de un colega marroquí –Rashid Nini, director de “Al Masae”, el rotativo de más difusión en el reino jerifiano -, sino por los cargos que se le hacen y los fundamentos de derecho en que su procesamiento y encarcelamiento se apoya.

Nada más y nada menos, tales fundamentos, que el “menosprecio a la Justicia”, por la publicación reiterada de artículos que censuran el comportamiento de las fuerzas de orden público, instrumento del Gobierno. Es decir, como si éste compendiara en sus atribuciones supuestamente constitucionales y democráticas, la facultad de reprimir y la de juzgar los términos en que la represión se produjo, con sus correspondientes consecuencias para los afectados.

No sólo se está, por tanto, ante una nada democrática unidad de poder e indiferenciación de funciones, cosa que de por sí es un desiderátum en un contexto histórico como el actual, dentro del agitado norte de África, sino que este integrismo funcional viene a sumarse al integrismo islámico de base en que se fundamenta la monarquía alauí. Pero no acaba ahí la cosa, toda vez que el régimen de Rabat, tan tutelado por Estados Unidos y mimado por la vecina Francia, acaba de aprobar en referéndum una Constitución supuestamente democrática y pretendidamente homologable con las que rigen en Occidente.

De ahí la peligrosa falsedad que yace en la “maniobra constituyente” tramada recientemente por el Majzen, o corte jerifiana, para poner punto final al capítulo marroquí del tsunami democratizador norteafricano: lo que comenzó en el terremoto de la primavera de Túnez mientras florecían los jazmines por las ruinas de Cartago.

Ese torpísimo hachazo a la libertad de expresión, no solamente denota la contradicción sistémica en que ha incurrido el absolutismo alauí, sino que pone de manifiesto la estafa que Rabat ha querido cometer ante el mundo occidental y ante la opinión del mundo árabe.