Corolarios de un tsunami

Yoshihido Noda, elegido líder del Partido Democrático de Japón, gobernante en el País del Sol Naciente, lo ha sido a su vez Primer ministro por el Parlamento, tras recibir su beneplácito y el del Senado. Previamente, en el seno de su formación política, Noda había triunfado sobre la candidatura de Banri Kaieda, que había sido titular de Economía, Comercio e Industria en el Gobierno de Naoto Kan, dimitido previamente tras asumir la responsabilidad por la gestión de la crisis derivada del terremoto del 11 de marzo. Seísmo que generó el tsunami cuyos embates dañaron tan gravemente la central nuclear de Fukushima.

Son daños de los que aun no se han repuesto las instalaciones de la misma, cuyo eco global ha permitido a la militancia ecologista cuestionar la energía de fisión en términos injustamente parejos a los ocasionados por el accidente nuclear de Chernóbil. Éste sobrevenido por causas endógenas y ajenas por tanto a una causa exterior, sísmica, como la japonesa. La de Chernóbil fueron causas resumibles en la mala gestión del funcionamiento de la central, y en la imprudencia sistémica del diseño soviético. Que prescindió por ahorro – equivalente al 40 por ciento en el presupuesto promedio – de la estructura de contención.

La magnitud de las averías causadas por la catástrofe sísmica, muy por encima de los cálculos realizados en toda base estadística, no sólo ocasionó daños muy difícilmente superables en la central de Fukushima, sino que éstos se extrapolaron al plano político-administrativo japonés, trayendo, como última consecuencia, el fracaso de una gestión de gobierno que ha venido a desembocar en la dimisión de Naoto Kan. Ahora relevado por el que fue su titular en la cartera de Finanzas.

Todo este proceso de cambios, además de revelar una vez más la calidad de escrúpulo en que se desenvuelve la gestión política dentro de la tercera economía del mundo, no deja de ofrecer su propia moraleja sobre los imponderables en que siempre, a más alto o más bajo nivel de probabilidad, se han de desenvolver los protagonistas de la gestión pública.

No son ociosas reflexiones así cuando los corolarios y consecuencias últimas de un hecho natural como el tsunami del 11 de marzo en la costa de Japón, o el de Lisboa en el siglo XVIII, o la erupción del Tambora, volcán indonesio, a principios del XIX, son capaces de echar abajo construcciones de todo orden. Concretamente en éste de las centrales nucleares, cuya solidez fue tenida por inapelable.

Ni que decir tiene cuales han de ser las consecuencias cuando otros imponderables, como el estallido de la última crisis financiera, piden paso en medio de ejecutorias políticas significadas por la torpeza y resueltas en la impunidad, cuando los mecanismos institucionales de fiscalización no resultan operantes en las democracias. De ahí que sea razonable la duda de si la justicia de las urnas, al apartar del poder a quienes erraron en su ejercicio, es justicia suficiente, ya que no todas las responsabilidades son culposas. A veces existen sospechas vehementes de que puede haberlas dolosas. A éstas ni a las otras no parecen responder las contraídas por Naoto Kan. Víctima política como la energía nuclear del último tsunami.