Assad S.L.: secta y dictadura

Los Assad han enviado los carros de fuego a Homs, en la madrugada de este lunes, después de que el domingo las mayorías suníes que componen la población de esta ciudad se manifestaran durante el domingo en protesta de las represiones previamente padecidas por la oficiante dictadura de una minoría alauí, brotada en el chiísmo, a la que pertenecen los Assad.

Previamente, dos días antes, el régimen de Damasco – al que la Liga Árabe, de suyo tan complaciente o simplemente callada con los Gobiernos todos de los Estados que la componen, ya le ha llamado la atención -, dos días antes, había enviado fuerza aérea para ametrallar bloques de viviendas en los que se suponía habíanse refugiado soldados,  también sirios, pertenecientes a la mayoría suní que habían desertado por resistirse a ser utilizados como fuerza de represión militar y sectaria por Bashar el Assad.

Tal como se advierte, el giro que ha tomado la situación resulta especialmente grave y expresa una radicalidad de disenso que no se ha presentado en ninguno de los países árabes a los que ha llegado la ola reformista y democratizadora. No se trata ya del choque entre demócratas y autócratas de la más variada condición – cosa que también sucede en Siria -, sino de una disidencia sistémica de las mayorías suníes de un país frente a la minoría alauí (del universo islámico del chiísmo) que las sujeta y castiga con mano de hierro. El enfrentamiento político se potencia así de una radicalidad que lo convierte en irreductible. Innegociable en disenso a muerte.

No es este el primer caso, sin embargo, de choque entre suníes y chiíes y viceversa dentro del gran ciclo de las revueltas políticas en el mundo árabe, sin contar con otros choques sectarios en tiempos anteriores, como el habido en Iraq, desde antes de que lo hicieron Estado, con el esquema inverso de la minoría suní y la mayoría adicta a la Chía. Cosa aquella, en tiempos del sadamismo, en la que también concurría la presencia en el poder, como en Damasco, del partido Baas. Pero fue en el caso del pequeño Estado de Bahrein con la mayoría demográfica chií, donde la minoría suní gobernante hubo de rechazar la revuelta de los mayoritarios mediante la entrada de fuerzas policiales enviadas por el Consejo de Cooperación del Golfo.

Y es lo más curioso que la mayoría chií de Bahrein, que reclamaba justicia, libertad y representatividad, está y responde en la misma secta –la alauí- que en Siria, con los Assad, niega a los suníes mayoritarios la representatividad, la libertad y la justicia. El integrismo religioso va de la mano – multiplicándola – de la confusión política. Que es posiblemente la causa principal del desconcierto de la cosa pública a todo lo ancho del mundo árabe.

Es a tal desconcierto y cumplida confusión a lo que corresponde esa atrabiliaria propuesta hecha por el oculto Gadafi a los rebeldes libios de que vayan juntos todos, después de los ríos de sangre causados, hacia un Gobierno de concentración nacional. La propuesta cursa  mientras las huestes del CNT se aproximan a Sirte, la cuna de los Gadafa, tanto por Oriente como por Poniente. Pero la guinda de tan enorme pastel ha querido ponerla Al Qaeda – a la que la ola árabe del cambio ha expulsado del escenario – con el ataque suicida en Argel contra el cuartel general de la Policía. Y también, como argumento de que la muerte del segundo de sus mandos en el Waziristán paquistaní, como aviso de que Al Qaeda sigue en activo y con capacidad de hacer daños significativos. Por mucho que entre los agarenos del Islam lo más propio y específico sean las sectas religiosas y el abuso del poder político. Aunque a estas horas sean los Assad quienes se llevan la palma.