Un cadáver político insepulto

Políticamente, en la realidad más estricta, Muamar Gadafi ya no es porque no está ni se le espera. La Liga Árabe ha levantado acta de defunción de su régimen, y certificado que los rebeldes del CNT (Consejo Nacional de Transición) son el poder nuevo, depositarios de la nueva legitimidad política líbica. A ellos, ha instado la Liga, han de pasar los fondos del régimen caído depositados en bancos de los países en la Liga representados. Idéntica demanda ha sido cursada a la ONU respecto de los recursos llevados por la dictadura del Coronel al resto del sistema bancario internacional. Una ingente cantidad de dinero que el mundo tendrá la curiosidad de conocer en sus términos reales, cientos de millones de dólares arriba o abajo.

Toda una pasta, que dirían los castizos, puesto que han sido 42 años volcando en el extranjero el rendimiento de las ubres infinitas del oro negro, una vez descontados los dispendios habidos en gastos faraónicos, igual en compra de armamento que luego se comió el sol tras de haberse oxidado en los aledaños de los puertos y aeropuertos de la Cirenaica y la Tripolitania. No lejos de las infraestructuras construidas como himnos de cemento en loas del dictador; tal como las canalizaciones hacia la nada de las aguas fósiles encontradas bajo la vastedad del desierto líbico.

Pero la espectacularidad del inventario que revista la herencia económica de un loco -dilapidada unas veces conforme los términos dichos, o afanada en la mayor parte de las ocasiones para su propio lucro y el de sus cómplices históricos en el práctico expolio de los recursos naturales de un inmenso país casi vacío de población– puede que venga a palidecer comparada con el peso inmenso del pasivo de su herencia política. Principalmente a la sombra de todo lo derivado de la devastación de los equilibrios internos entre los diversos componentes tribales de ese Estado postcolonial. Tal ha sido la última baza que Gadafi ha intentado jugar valiéndose del apoyo de los suyos.

La recomposición de ese tejido intertribal, tanto desde el orden social como en el estrictamente político, es el problema que allí se alza sobre el horizonte inmediato. Y ante cuya complejidad parece necesario instrumentar, desde ahora mismo, la naturaleza de la asistencia internacional que se habrá de disponer.

Descartada la hipótesis de que fuera la OTAN el sistema defensivo que hubiera de echar pie a tierra, para completar, con la aportación de orden, la misión bélica realizada en la debelación de las ventajas estructurales del gadafismo al comienzo del conflicto militar entre disidentes y gobernantes – puesto que nada de eso tiene cabida en los términos de la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad -, es la propia ONU la que, mediante manifestaciones de Ban Ki-moon, ha expuesto la idea de que sea ella misma, por medio de una fuerza internacional compuesta de Cascos Azules, sean los efectivos de orden los que operen como poder de interposición. Como garantes de que el proceso de sutura de las heridas ocasionadas por el conflicto, sea un proceso a cubierto del riesgo de infección sectaria, política o como se le quiera llamar.

Infección potencialmente capaz de arruinar el rediseño de un proyecto nacional para los líbicos al cabo de 42 años de arbitrariedad dictatorial bajo la batuta de un maniaco obsesivo en la exaltación de sus cíclicas demencias, en el nacionalismo árabe, en el islamismo, en el terrorismo sin etiqueta o en el etiquetado del panarabismo y del panafricanismo. Y es en los entresijos nacionales de esto último donde quizá habría que detenerse a la hora de dar con el paradero de este cursante zombi venido un día al mundo contemporáneo en la tribu de los Gadafi.