Van a por Piñera

Mientras los combatientes del CNT (Consejo Nacional de Transición) van a por Gadafi y familia, con la OTAN en funciones podencas –rastreando desde el aire indicios y pistas por los entornos de sus dos tribus adictas -, la actualidad internacional del día depara en Chile el espectáculo de involución histórica de la misma izquierda radical que hace medio siglo, en plena Guerra Fría, presionó contra la estabilidad de las instituciones democráticas, a partir de la derrota electoral del presidente Alessandri, exponente de la derecha clásica, y la desorientación del centro democristiano con Radomiro Tomic, en la que anidó el pacto electoral que, en 1970, permitió el ascenso al poder de Salvador Allende, con sólo el 36 por ciento de los votos, y el Gobierno de la Unidad Popular, cuyo fracaso económico y su deriva revolucionaria (con Fidel Castro en Chile arengando a mineros y campesinos, y el MIR –Movimiento de Izquierda Revolucionaria operando en el ámbito rural y en el medio urbano-) desembocó en el golpe de Estado del general Augusto Pinochet.

La huelga general de dos días comenzada este miércoles y que sigue cursando a la hora de pergeñar esta nota, llega organizada por la Central Unitaria de Trabajo y lo hace con formato inédito en el tiempo transcurrido desde el fin de la dictadura del general Pinochet, pues nunca en este periodo hubo un desafío así no sólo a un Gobierno y al Estado, sino al marco de consenso político y social que presidió este dilatado periodo de normalidad política chilena. La embestida de las izquierdas contra el Gobierno de Sebastián Piñera cuestiona de raíz la opción programática que resultó vencedora en las últimas elecciones, motejándola de “neoliberal” tal como hace la izquierda hemisférica de allá. Una izquierda ahora aglutinada por el castro-chavismo y que repite en algunos de sus reductos minoritarios a este lado del Atlántico, en medio de la crisis sistémica de la socialdemocracia europea, estoqueada por la constitucionalización de los límites a las “políticas sociales”.

Acontece esta huelga general, con sus barricadas en Santiago y Valparaíso y enmascarados que incendian barricadas y autobuses, con demandas de una reforma de la Constitución, establecimiento de un Fondo Público de Pensiones, más recursos para la política sanitaria y gratuidad en todos los niveles de la Enseñanza. Como se ve, un conjunto de pretensiones que compone por entero un frente opuesto al sistema que ha estado vigente en Chile desde el fin de la dictadura de Pinochet, y cuya configuración nunca objetó ni el centro ni el centroizquierda gobernantes durante este periodo. Algo que ha permitido la instalación del país en el más sólido crecimiento económico del hemisferio iberoamericano (6 por ciento en el último semestre y una tasa de paro del 7 por ciento, y bajando, pese a lo limitado de sus recursos naturales, excepción hecha de la minería del cobre, que es uno de sus más sólidos puntales.

Es ese cuadro de continuidad lo que objeta la estrategia de cambio al que sirve esta huelga general, a la que se ha llegado tras de un proceso de calentamiento progresivo de la calle. Fue primero la irrupción masiva del ecologismo contra el ya existente proyecto de un complejo hidroeléctrico en el sur chileno, por el supuesto daño ambiental de un conjunto de embalses cuya lámina total de agua no supera el 1,5 por ciento del espacio involucrado en el proyecto. Un programa energético al que Chile se ve obligado para disponer de la electricidad necesaria para nutrir el segundo estadio de la industrialización nacional, por cuanto la alternativa nuclear es en principio desaconsejable, luego de Fukushima, dada la muy alta sismicidad del país.

Siguió a esta manifestación ecologista a comienzos del verano, la agitación huelguística de estudiantes de enseñanza media y superior, exigiendo la gratuidad inmediata y en todos sus niveles; algo que ni en todo ni en parte se había exigido a ninguno de los Gobiernos habidos en Chile desde el final de la dictadura..

Todo ha sido un compuesto explosivo de exigencias, objeciones y demandas nítidamente planteado para dinamitar el cierre el anillo de la transición chilena, que como todas las demás concluye cuando regresa al poder la misma fuerza política que había cuando concluyó el ciclo anterior: de la derecha de Alessandri al centro democristiano, la predictadura marxista que Allende no pudo concluir con un autogolpe de índole castrista, el contragolpe de Pinochet con la subsiguiente dictadura, y la restauración democrática con Gobiernos democristianos y socialistas, a la que ha seguido este otro de Sebastián Piñera, al que las izquierdas niegan el pan y la sal, de la misma estirpe política que el segundo presidente Alessandri.

Pero tan notorio y notable como ese propósito del radicalismo izquierdista chileno, ha sido la sospechosísima coincidencia de que toda esta traca de protestas sucesivas en la calle – ecologistas, estudiantes y huelga general – prendiera luego de que el chavista analfabeto de La Paz, Evo Morales, destapara la caja de los truenos sobre la salida de Bolivia al mar; opción perdida en una guerra a fines del XIX y documentada en un Tratado Internacional de 1904. Tendría menos de casual que de causal el endoso del chavismo contra el Gobierno chileno de Sebastián Piñera, que tuvo el atrevimiento de organizar y conseguir, en una demostración más de su calidad gestora, el rescate de los mineros largamente sepultados en el fondo remoto de una mina. Hay revueltas elogiables contra los tiranos como Gadafi y movilizaciones odiosas, por sectarias y resentidas, contra Gobiernos ejemplares como el que ahora tiene Chile.