Turno de venganzas en Libia

Por debajo de la superficie bélica, con informaciones tales como la batalla de Trípoli, donde las fuerzas rebeldes dicen haber ocupado más del 90 por ciento de la ciudad, o el movimiento de las tropas leales a Gadafi que se repliegan desde el entorno de Brega hasta la zona de Sirte, espacio natal del dictador; al margen del aluvión de comunicados internacionales, desde la Casa Blanca o la Unión Europea y la propia secretaria de Naciones Unidas, donde Ban Ki-moon pide a las tropas gubernamentales que dejen las armas…, aflora una noticia, inquietante por demás, procedente de la presidencia del Consejo Nacional de Transición Libio, en la que Abdelaziz Jalil, su titular, desde Bengasi, denuncia la ola de muertes por venganza, y amenaza con abandonar su cargo si éstas no cesan inmediatamente.

Esto último no es algo que se viera venir como componente de la ya larga lucha por el poder entre la mayoría del pueblo libio que se levantó contra una dictadura de más de 42 años de duración, en demanda de libertades y de la justa distribución de las inmensas riquezas nacionales obtenidas con el petróleo. Contrasta este dato con la falta absoluta de informaciones y noticias sobre ello habidas hasta ahora. De ahí que el aldabonazo dado por Jalil deba interpretarse en dos claves principales: la existencia de algún tipo de censura sobre este particular, a la que era propicia el régimen internacional de tutela que acoge a los rebeldes, y que la magnitud del ajuste de cuentas a que se aplican éstos es real y efectivamente muy considerable.

La importancia de las venganzas no sólo radica en el porte moral de estos efectos, por demás tan propios de los odios que se concitan en las guerras civiles de todo lugar, sino también, y muy principalmente, en el hecho de que estos ajustes de cuentas vuelven más difícil aún el camino hacia una concertación mínimamente suficiente para establecer un futuro en paz entre los libios.

No sólo se trataría de las réplicas a las tropelías cometidas por las fuerzas gubernamentales en los primeros momentos de la represión de la revuelta, sino también del ingente número de agravios y atropellos habidos a lo largo de una dictadura sin causa, pues no cerraba episodio alguno guerracivilista ni drama nacional de mayor cuantía, sino que el de Gadafi ha sido régimen que consistió en el autoexpolio de las inmensas riquezas nacionales logradas con la explotación del petróleo. Ese estado de mordaza a que fue sometida la población no hubiera sido posible sin una estructura policial de férreo corte soviético, tal como fue la importada de la Alemania comunista de Ulbrich y Honeker, la Stasi, a que me refería en mi comentario de ayer.

La gravedad del asunto va más allá, o más acá según se mire, de las cuestiones morales o estrictamente humanas. Alcanza las vertientes políticas, como bien demuestra la declaración de Jalil, el presidente del Consejo Nacional de la Transición Libia; y no únicamente porque el asunto es capaz de bloquear la propia transición, pues recrea las enteras condiciones de una guerra civil; también, por las graves derivas internacionales que el problema podría implicar. Siendo acaso la primera de todas la prórroga e implicación pie a tierra en los cometidos de la propia OTAN. En su comunicado pidiendo manos fuera de Libia, Rusia ya parece haber tomado nota de ello.