Volcán a tres bocas

Posiblemente nunca dio tanto de sí en lo informativo el mundo árabe. Si la Siria de los Assad se resiste al abandono de las portadas, con el regreso a Homs de los blindados del Gobierno, la crisis en las relaciones entre Tel Aviv y El Cairo, por los efectos colaterales de la respuesta israelí a una incursión contra gentes propias por el terrorismo en pie de guerra de Hamas, vienen a sacudir una establecida normalidad de 30 años entre los dos Estados más importantes del Oriente Próximo. Con ello se pone en entredicho la única base endógena para la estabilidad internacional dentro de la región. Aunque al ser mucho más lo que las partes tendrían que perder, si la crisis siguiera adelante, será lo más probable que se llegue a un acuerdo cuanto antes. No está la marquesa para tafetanes.

Y no está la región para que no se apague un fuego si existe la más mínima posibilidad de ello. Sobre todo cuando está en el inmediato horizonte el asunto de que la Asamblea General de la ONU vote en su próxima sesión de septiembre, el reconocimiento del Estado Palestino; dando por sentado así que la ANP (Administración Nacional Palestina) ha cumplido ya, sobradamente, su ciclo histórico y su función política de solución provisional al problema del reconocimiento del pueblo palestino como sujeto soberano de reconocimientos internacionales.

Pero de las tres bocas eyectantes del volcán del Oriente Próximo, es la de Libia, al parecer, la más próxima y madura de todas. El cruce de disparos dentro de la propia Trípoli y la toma por los rebeldes del aeropuerto militar de la capital líbica, elevan ya a la categoría de síndrome la calidad crítica de la noticia de días atrás sobre la fuga, acompañado de su familia, de la mano derecha de Gadafi desde los tiempos del golpe de Estado que depuso al rey Idris, cuyas tribus adeptas se encontraban en la Cirenaica. Es decir, el espacio nacional en el que cristalizó la revuelta contra la dictadura gadafiana.

Régimen éste que ha durado desde l969, como protagonista de una crisálida histórica en la que un puñado de jóvenes oficiales se montó en la ola del nacionalismo árabe con el mensaje dirigido a la juventud de ese mundo. Aunque después, por virtud de los riesgos morales del petróleo y demás riquezas sin límites ni soportes morales, derivó a una satrapía que quiso “autojustificarse” internacionalmente con el patrocinio del activismo terrorista al que fueron tan propicias las condiciones creadas por la Guerra Fría.

El sátrapa tripolitano se blindó interiormente  con los servicios policíacos de la Stasi de la Alemania comunista de  Walter Ulbrich. Servicios de los que escuché los elogios más encendidos, su gran “calidad policial”, en un café  de Trípoli y de boca de unos invitados cubanos. Fue el mismo año que otra dictadura arrasaba a sus opositores con los carros blindados en la Plaza de Tiannamen.

El proyecto gadafiano de 1969 implosionó en forma de dictadura atroz, removida por la primavera árabe de este año de la misma forma que mueve y traslada el viento las dunas del desierto líbico de un sitio a otro. Un viento que a veces es del Este y a veces del Oeste. Y como entre beduinos anda el juego, no habría que descartar la hipótesis de que a estas horas, vía diálogos tribales, se pueda estar negociando el destino que le espera a este iluminado que con su Libro Verde quiso hacer del Islam un catecismo del nacionalismo naseriano. Permanezcamos atentos a la pantalla.