Occidente se vuelca contra los Assad

Un Assad perdió el Golán en un Ramadán – el de 1973, al entrar en guerra contra Israel de la mano del Egipto de Anuar el Sadat -, y otro Assad se enfrenta a la pérdida del poder en otro Ramadán, por no haber ayunado de represión en su enfrentamiento a muerte contra la disidencia política. Estados Unidos y la Unión Europea han totalizado una definición contra el régimen de Damasco, al exigir la renuncia a Bashar el Assad tras de las laminaciones militares de las últimas protestas y adosar a ello la exigencia de la aplicación de represiones económicas.

Unas contra los bienes en el exterior de la dinastía alauí de Damasco, y la otra contra el comercio con el petróleo sirio o exportado a través de Siria, al que aludí en mi comentario de ayer al analizar las sinrazones que podrían haber determinado el ataque por tierra y mar contra Latakia y su puerto, que es terminal de uno de los oleoductos árabes que llevan el crudo de petróleo hasta el Mediterráneo.

Las consideraciones que han precedido la inicial declaración del presidente Obama eran algo así como de cajón. En síntesis, la brutalidad de la represión de la disidencia y el incumplimiento de las promesas de reforma y cambio del sistema hacia fórmulas que permitieran la inclusión en la normalidad del mismo de las voces de la disidencia. En verdad, no podía haber desembocado internacionalmente la situación en otra cosa que esta.

Lo propio de todo sistema totalitario, de dictadura personal o de partido, cuando resulta como tal herméticamente cerrado, es que en el mismo no quepa reforma alguna; a no ser que evolucione en sentido contrario a las aperturas, es decir, a su bunkerización extrema. Que es lo que ha sucedido a partir de las primeras protestas en el sur del país, cerca de la frontera jordana. En el progresivo enrocamiento del régimen de Damasco ha agotado su lógica sistémica. Y Occidente, por consecuencia, ha tenido que hacer lo propio, aplicando a los responsables de Damasco cuantos medios y recursos de hostilidad resultan aplicables sin disparar un tiro ni llegar a la guerra abierta.

Si algo faltaba para agotar conceptualmente los términos de las sanciones aplicadas y aplicables al margen de la autoridad y competencias internacionales de Naciones Unidas, ha sido la mención expresa – por el presidente Obama, en su declaración – es que a la Siria de los Assad no le queda otro recurso y amparo que el echarse más aun en brazos de la dictadura teocrática de Irán. Que es la otra gran factoría de represión política que queda en Oriente Próximo y Medio. En términos de asistencia internacional, el refugio iraní para el régimen sirio podría ser ampliado a las colaboraciones susceptibles de ser aportadas por Venezuela en todo lo concerniente a los embargos aplicados en las sanciones de referencia.

Por lo demás, es obligada la consideración de que las sanciones occidentales a la dictadura siria no han podido llegar a más, en quizá la misma o parecida línea de las que se aplicaron contra la dictadura líbica, porque el Consejo de Seguridad – no necesariamente por el veto de Rusia y de China – no habría dado paso a una Resolución similar a la 1973. Lo cual viene a subrayar lo dramáticamente limitada que es la ONU como instrumento y recurso para resolver conflictos internacionales suscitados por la violación de los derechos humanos, como la perpetrada por Siria con las miles de muertes habidas en este Ramadán de 2011. En el otro Ramadán del mismo año que el del número de la Resolución sobre Libia, yo escribí desde la capital siria para el ABC una crónica que titulaba, tras un bombardeo israelí en la atardecida de la víspera, “Damasco, entre adelfas y campanas”. Hoy, esas campanas no doblarían por los muertos en esta represión.