Acoso chavista al Chile de Piñera

Partiendo de la evidencia de que el chavismo es el motor económico y político de la izquierda en el hemisferio hispanoamericano, como franquicia del decrépito comunismo cubano, es poco menos que obligado entender que los movimientos de masas que agitan la actualidad política chilena tienen en el chavismo su origen.

Desde el movilizado ecologismo contra la construcción de dos centrales eléctricas en el sur del país, capaces de generar la energía que Chile necesita puesto que carece enteramente de todas las otras fuentes de la misma, hasta la actual crisis en los distintos niveles de la Enseñanza, con sucesivas huelgas que amenazan con la pérdida de todo un curso escolar; la república andina no sale de una para entrar en otra. Y no sale Chile porque está sometida a un acoso sistémico de la izquierda radical suramericana.

La conflictividad en los más diversos escenarios de presión contra el actual Gobierno conservador, desde el pretendido contencioso boliviano por una salida al mar- para lo que el Gobierno de Evo Morales carece de cualquier base jurídica-, a la reclamación millonaria con la que salen ahora los mineros rescatados al cabo de un gigantesco y ejemplar esfuerzo de gestión desde todos los puntos de vista por parte del Gobierno de Sebastián Piñera, toda una serie de sucesivos conflictos no pueden menos que obedecer al propósito de acabar con la normalidad y el progreso económico y social del Chile posterior a la aventura izquierdista de la Unidad Popular. Un proyecto aquel reventado a medias por la inverecundia del invitado Fidel Castro, con sus arengas revolucionarias en las minas del Teniente, y por los despropósitos radicales del socialista Carlos Altamirano, envuelto todo con la frivolidad política del presidente Allende.

Después de aquello, especialmente luego de la catástrofe económica a que condujo el régimen de la Unidad Popular o “Vía chilena al socialismo”; con la dictadura del general Pinochet, la postdictadura y la alternancia entre el centroizquierda y los socialistas, se atuvo la política chilena a pautas de liberalización económica que han llevado al país a niveles de estabilidad y progreso de los que fue resultante coherente la victoria electoral de Sebastián Piñera: empresario de éxito cuyos negocios abandonó al alcanzar el poder político.

Este desenlace del proceso histórico de Chile a partir del fracaso electoral democristiano, al que siguieron la Unidad Popular, la dictadura y el entero proceso de la transición, culminado en el regreso de la derecha al poder con Sebastián Piñera, es un resultado, una situación de prosperidad en la patria de Neruda, que resulta intolerable para ese supuesto “socialismo del Siglo XXI” que no es otra cosa que el reciclado de los residuos históricos (del marxismo-leninismo) del Siglo XX, pasados por la lascivia polícroma del chavismo y la facundia contumaz del castro-comunismo. Al cóctel cubano-venezolano y a la engolfada insistencia en los errores peronistas de Argentina, ha venido a sumarse la arribada al poder en Perú de Ollanta Humala, un protegido de la Caracas bolivariana al que parece templar la conversión de la izquierda brasileña a la moderación.

Para todo ese universo de confusión e ineficacia, el bien hacer del actual Chile es todo una piedra de escándalo. Y desgraciadamente, estos acosos de ahora, contra la revolución energética que supondrán las dos centrales eléctricas en el sur, y contra la normalidad en la docencia, pertenecen a una crónica que sólo acaba de empezar. Hasta cierto punto, es lo normal que la burricie corrupta de las petromaletas chavistas aborrezca la excelencia.