La última ocurrencia

Sólo ha faltado, aprovechando que el Támesis pasa por Londres –donde se encontraba-, como el Pisuerga lo hace por Valladolid – donde él nació -, que el presidente del Gobierno español hubiera integrado en su declaración sobre la tragedia de Noruega la propuesta de que la inmediata acción europea que postula a la vista de lo sucedido, integrara un manifiesto de adhesión global e incondicional a su propuesta de alianza de civilizaciones, ofrecida un día ante la Asamblea General de la ONU como panacea política y bálsamo de Fierabrás para acabar con las tensiones internacionales y convertir el mundo de la diplomacia en un solo y único sendero de paz irreversible y eterna.

Posiblemente todos sus numerosos y fervorosos exegetas convendrán en que si Zapatero se ha pasado de rosca  en su reacción, se le habrá de disculpar dado que hacía y decía de tan fogosa manera por razón de alusiones, ya que el rubio émulo de la ferocidad yihadista le había señalado con el dedo, con énfasis cierto, por su política de avenencias sin tasa, a cualquier precio, con el mundo islámico y los flujos migratorios.

Pero es justo reconocer que no ha sido sólo el ZP de las maletas hechas quien ha querido sacar tajada de la sarracina ejecutada por Anders Behring – que ahora ha dicho al juez que no actuó en solitario sino que tuvo asistentes para ejecutar la doble acción criminal. La languideciente socialdemocracia europea, que por aquí ha encontrado con los ecologistas el carburante adicional para frenar – especialmente en Alemania – la posición dominante de la derecha en la UE, ha visto en común la oportunidad de explotar “pro domo sua” la explosión terrorista en Noruega.

No hay margen para la duda. Del hecho criminal y rigurosamente asistémico dentro del mundo de la derecha política más enfática, se quiere extraer provecho político a plazo inmediato; provecho y ventaja en cuanto se convoquen urnas en cualquier parte de la Unión. En España, por ejemplo. La manera de afanar esa ventaja no es otra que la de extrapolar a la derecha toda, incluso al centro-derecha, las condiciones y el perfil de un individuo o de un grupúsculo de la extrema derecha. Desde ahí hasta el rabo – tal es la consideración que implícitamente proponen – todo es el mismo toro.

Es la renta de situación que la izquierda en su conjunto, desde la civilizada hasta la terrorista en sus variadas especies, está decidida y dispuesta a que no se le escape. De los materiales de fondo, de las condiciones reales que han permitido la afloración de actuaciones terroristas como las del 11-M madrileño o el 7-J londinense – ocasiones en que los terroristas fueron gente de las comunidades islámicas integradas en España y el Reino Unido. Algo indiscutible y que cuestiona la viabilidad del multiculturalismo igualitario por el que pían unas izquierdas para las que la identidad propia sólo corresponde a quienes fluyen hacia Europa, mientras que el destino de los europeos no es otro que el de la aceptación de ello. Pues lo contrario es políticamente incorrecto: xenófobo, racista y, de terciarse el caso, sexista también.

El monstruoso doble suceso terrorista ocurrido en Noruega el pasado fin de semana es la más aberrante respuesta que quepa dar a un sobrevenido problema de desproporcionados flujos migratorios, porque si no fueran desproporcionados no serían problema. Pero lo que no cabe hacer, como hacen los corifeos y amanuenses de las izquierdas instaladas, es negar que ese problema exista. Tal como hace quien entre nosotros y desde la responsabilidad máxima negó, hasta que la cosa ya no tuvo remedio equiparable sal de los demás, que para nosotros los españoles no contaba la crisis económica que los demás padecían. La última ocurrencia es distinta. ¡Menos mal!