El demonio bajo la piel de un templario

No hay rastro de ideología bajo la que quepa – por muchas centenares de páginas en las que pretensa explicarse – la colosal sarracina montada por el noruego Behring Bresik este fin de semana en Oslo y la isla de Utoya. Es mucho más que aquello de la pesadilla narrada por un loco que estuviera además borracho.

Todo le sobra y todo le falta, incluso la coherencia demencial del terrorista islámico que se inmola con de su cosecha de muertes causada por el estallido del explosivo que llevaba adosado a su cuerpo. Lo que ha estallado en Behring es la estupidez inmensa de su discurso, que integra en un solo enunciado, para lo político, todo dislate y su contrario. Ha sido junto a lo ocurrido, como un colosal tsunami de estupidez discursiva, colgada en Internet.

Es tanto como si el nihilismo compulsivo de lo ocurrido se arropase con todos y cada uno de los principios vulnerados por la cantidad, por el fondo y por la forma de tantas muertes, agavilladas con tan espantosa frialdad en la prolongada carnicería.

Donde muchos de los asesinados lo han sido mientras imploraban piedad al siniestro orate de rostro arcangélico. La brutalidad, especialmente en lo conceptual, ha desbordado todo formato ideológico. Incluso ha ido mucho más allá del discurso de aquel asesino de Omaha que se llevó por delante parecida cantidad de vidas humanas.

Atribuirle a lo de Noruega significados ideológicos de cualquier color es tanto como buscarle tres pies al gato. La genética variopinta de los argumentos desarrollados por Behring en su inacabable manifiesto, proporcional a la suma interminable de asesinatos individuales perpetrados entre los chicos del campamento de Utoya (que lo sucedido no ha sido una matanza en unidad de acto sino una terrorífica secuencia de decenas de homicidios individualizados); el  modo en que todo se desarrolló durante el viernes pasado, define la irreductibilidad del gigantesco suceso criminal a una unidad de sentido y a un manifiesto de coherencia ideológica.

Imputar a la llamada extrema derecha la base causal de lo sucedido a manos a Anders Behring, sería tanto como imputar o atribuir al Corán el terrorismo de Al Qaeda y todas sus demás especies asociadas. Cualquier desviación criminal de un discurso político planteado desde la base ideológica que sea, no genera responsabilidad cauce arriba sobre el discurso primario de esa ideología o doctrina. La criminalidad no se infiere de la fuente política a la que se relaciona o vincula, sino de la mente de quien o quienes la perpetran.

La dinámica de las precondiciones que engendran la violencia política es significativa a partir de una determinado punto en adelante, no hasta la fuente misma del pensamiento político que fue objeto de la desviación. Incluso dentro de los tramos en que ese pensamiento se volvió radical, habrá que distinguir siempre la extremosidad del discurso del salto mismo, desde esta discontinuidad,  a la práctica del crimen; sea éste individual – como ha sido el caso de Anderse Behring -, o sea por la vía de una organización terrorista. Supuesto este que todavía no se ha descartado del todo por parte de la policía de Noruega.