Un jueves decisivo

Desde el fracturado eje franco-alemán, toda confusión era hasta ayer mismo posible sobre el futuro de la Eurozona, y por ello mismo sobre el futuro de Europa. Las críticas de Nicolás Sarkozy por la posición de Angela Merkel ante el problema griego, al insistir en el concurso privado para las tareas de rescate; la distancia expresa de París respecto de Berlín, daba paso a un golpe de agenda con una cena, en la capital alemana, de la canciller de la República Federal con el presidente de Francia. Y al propio tiempo, en régimen de simultaneidad estricta, Merkel flexionaba luego de haber previamente insistido, ante la Cumbre berlinesa de hoy, en sus previos puntos de vista mantenidos sobre la reflotación de las cuentas griegas.

Puede haber sido propiciador del cambio la severa advertencia de Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea, sobre la necesidad de un pacto resolutivo sobre el presente y el futuro de la Unión, tal y como se demandaba desde la víspera por el Fondo Monetario Internacional. En el fondo y en la forma lo que está planteada es la disyuntiva de más Europa o menos Europa. Algo que de forma implícita tiene mucho que ver con el peso de la asimetría alemana, en términos de actitud y en cuestión de magnitudes, respecto de los demás componentes de la Eurozona.

Si el desenlace de esta Cumbre volviera a defraudar como ha ocurrido en otras ocasiones desde que se abrió el melón de la tragedia griega, y de tal manera regresaran los mercados a sus embestidas, volvería automáticamente la aprensión de que Alemania es incapaz de remontar sus gravitaciones hacia el Este, la “desviación rusa”, que no deja de emitir señales sobre esa supuesta complementariedad ruso-germana, en que tan ciegamente creía Stalin y desde lo cual le costó lo suyo admitir que Hitler había roto el pacto germano-soviético, firmado por Molotov y Von Ribentrop. De forma distintamente clara, cada gran nación se mueve o piensa hacerlo conforme sus constantes históricas, que no se desprenden arbitrariamente desde lo posible o lo probable, sino que vienen dictadas por los precedentes históricos y las condiciones geopolíticas y geoeconómicas.

Pero Alemania no está sobrada de razones sino más bien carente en buena parte de ellas en este crítico asunto del euro. Fue desde el principio el euro opción preferente para los alemanes: por el formato de su economía, el poderío de su tecnología y los vivos rescoldos de su historia monetaria. No era un socio más, un beneficiario del montón, de las ventajas aportadas por la moneda única. Para llegar a donde se quería en condiciones de mayor solidez y seguridad habría sido menester más sosiego y garantías en la aportación de los distintos requisitos; especialmente, en lo que se refería al estado de las cuentas públicas. Las prisas respondían al interés de Alemania en alcanzar rápidamente el punto de inflexión a partir del cual se ha distanciaría más y más de sus socios en la UE por virtud de la unificación monetaria.

Ahora les toca ceder y transigir. Y no en cualquier momento sino a partir de hoy mismo. Ya está bien tanta granizada de sobreprima sobre la deuda soberana de los periféricos, que vuelven a recomponer, en sus tribulaciones con las primas de riesgo – por el modo en que ello lastra su propio futuro -, el cuadro aquel de “la Europa de dos velocidades”. Sería en el presente la Eurozona de dos sostenibilidades. Pero ni aquello ni esto era ni es cosa de recibo. Eso de “más Europa” pedido por el FMI y repetido por Durao Barroso ha de ser hoy la sola opción, la única salida.