Cumbre cara o cruz

Dos son los polos sobre los que parece girar el problema de la periferia europea – que nos cuesta un riñón a los españoles cada vez que el horizonte se oscurece por causa de Grecia – ante la próxima cumbre europea, respecto de la cual se mueve Merkel como si fuera un príncipe de Dinamarca. Uno de los polos es la canciller misma, y el círculo que la circunda, formado principalmente por Holanda y Finlandia. El otro polo de referencia es el Fondo Monetario Internacional, que sale con el mensaje – frente a la nieblas hamletianas que coronan el discurso de enfrente, con Berlín en sus trece sobre el camino a seguir y la terapéutica que debe aplicarse, lo que cuestiona la fe en el destino de la Unión más que únicamente el de la eurozona – de que para salir del atolladero actual, con su amenaza de que los efectos negativos sean globales y se traduzcan en mermas generales del crecimiento económico durante este año y el próximo ejercicio, la receta no es otra que aquella de que cuanta más Europa mejor-.

Se hace la salvedad de que mensaje así no resulta del aterrizaje de Lagarde en la responsabilidad que desempeñaba DSK, sino más bien de las condiciones que imperaban en el FMI cuando sobrevino la escandalera por lo que algunos insisten en señalar que resultó de una conspiración, no necesariamente francesa… La convicción europeísta que llena tal mensaje habría de tener efecto balsámico sobre la Cumbre para la que la canciller adelanta resultados poco espectaculares, quizás desde la convicción de que lo primero que habría que hacer es cortar de una vez el régimen de ducha escocesa en que se encuentran los mercados y que siguen lastrándonos el futuro, por encarecérsenos más y más luego de cada arreón de los mercados.

Puede que sean muchos quienes sigan entendiendo que el problema es tanto de diseño como de arranque de la Eurozona. Que todo tenga su base, al cabo, en ese pecado original que consistió en no auditar debidamente las condiciones en que Grecia estaba incursa cuando se apuntó a la aventura de una moneda progresivamente única para la Unión Europea. Por Atenas no estaban las cosas en el nivel de suficiencia y estabilidad que demandaba la apuesta. O sea, que los griegos apostaron en falso, simulando capacidades. Trampeando como tahúres.

Pero no fue sólo eso. Quizá más grave aún, se puso el carro delante de los bueyes. Y la moneda, como predicado de la soberanía y de las facultades en que ésta se resuelve, como la responsabilidad y la administración de lo que se ingresa y se gasta por parte del Estado, debería haber ido detrás de la coherencia presupuestaria suficiente de los socios integrados bajo el mismo signo monetario. Pero todo se hizo a crédito, fiándolo a un futuro de cumplidas y observadas avenencias venideras. Quizá todo fue como resultó al cabo por las prisas alemanas en que el euro se acuñase cuanto antes. Convenía a su potencia exportadora basada en la productividad y la tecnología, y procedía históricamente de su aversión cultural y a su memoria histórica contra la deriva inflacionaria.

Puede ello significar que sea tal “mala conciencia” lo que alimenta la renuencia alemana a embarcare en la velocidad resolutoria necesaria para abortar el salto y el contagio de la blenorragia griega. Alemania está blindada tanto por sus cuentas como por la ventaja de que se aceptara su hipótesis de trabajo en tramo tan fundamental de la construcción europea como la aventura del euro. No todos los europeos venimos de la misma historia y de idénticas capacidades.