Desviación en el contrapoder

Como para no echar gota. Ríos de tinta se han consumido desde la generalización del sistema democrático en la crítica y el análisis de la desviación del poder. Desde entonces y no antes, porque no concurre desviación de poder propiamente dicha mientras no existe un poder regulado por la ley democrática, elaborada por los Parlamentos. Todo esto son obviedades. El riesgo de la desviación del poder político, cabe decir, está como en la propia naturaleza de las cosas, porque la desviación y la tentación al abuso del mismo por parte de quien lo tiene es de una lógica emparentada con la propia de la ley de la gravedad. Propende el poder a derramarse del recipiente (legal) que lo contiene, del mismo modo que la inerte propensión de la piedra es la de caer hacia el suelo desde la mano que la sostiene. Los riesgos de esa dinámica son riesgos de corrupción, pues ya se dijo que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Todo eso, pues, está casi meridianamente claro. No lo está sin embargo, que la desviación y/o abuso de poder sobrevenga al otro lado de la escena: en la trinchera del contrapoder democrático, que no es otro que el de la Prensa, reducto técnico de la libertad de expresión. Sin cuyo ejercicio parece impensable la democracia misma (la liberal) como sistema activo y condición necesaria de las garantías individuales.

Y eso es precisamente lo ocurrido. La singular gravedad del problema del “News of de World” se encuentre en que éste sea un asunto de ida y vuelta en régimen de doble tirabuzón, pues en el escandalazo monumental de los pinchazos telefónicos como sistema establecido para obtener las informaciones propias del amarillismo, no sólo se encuentran metidos hasta el cuello, de una parte, los medios altos, medios e intermedios de la industria periodística de Rupert Murdoch, el magnate global de la industria informativa en todas sus presentaciones técnicas, sino que de la otra parte aparece la propia jefatura de Scotland Yard y la sintonía política de este empresario con el Primer ministro británico.

Pero es que, asimismo, por el propio peso de escala alcanzado en este escándalo, desde la magnitud política del rebufo, es el mismísimo Premier quien de algún modo aparece chamuscado, dada su especial relación con el magnate australiano. Viéndose obligado Cameron, de tal manera, a recortar su viaje político africano, para regresar a Londres donde este miércoles habrá un abordaje parlamentario en Los Comunes, sometiéndose a las preguntas de los diputados británicos el propio Murdoch y su plana mayor, que incluye en su más alto nivel, detenida y en libertad provisional bajo fianza para el evento de pesquisa parlamentaria Rebeka Brooks, persona de la absoluta confianza de tan poderosísimo personaje de la información.

Si algo faltaba a tan portentoso problema en la cultura de la Prensa occidental, y dentro de ella de la Prensa conservadora, es que el escandalazo haya venido a estallar en Gran Bretaña y con proyecciones inesquivables en Estados Unidos, por la presencia tan significativa que tiene especialmente allí el grupo Murdoch. En el fondo, todo se corresponde con la misma escala y formato. Veremos a dónde llegan las consecuencias de estas perversas prácticas de violación informativa de los derechos individuales. Prácticas, en fin, por las que un juez puede haber perdido también una carrera, como acaso un emperador del contrapoder, su poder y su imperio.