Obama y las culturas de la represión

Esa ola democratizadora de la primavera política norteafricana, llegado ya el verano ha dado paso a un frente de borrascas que se mide en número de atascos por falta de cambio en lugares donde todo se dio por hecho del todo; o se tasa en preocupaciones nacionales sin cuento, de tipo económico, allí – en Túnez y Egipto – donde se consiguió aquello que los manifestantes querían, las libertades políticas. Ahora habrán de pechar con el coste económico a causa de la pérdida de los ingresos por turismo, que figuraban como el capítulo más importante de sus ingresos nacionales. El turismo ha volado de allí, además de menguar también en Marruecos, donde el maquillaje constitucional no cambia los ánimos de los manifestantes de ahora, a quienes se reprime de forma diría que sutil y civilizada, no como a los saharauis en el Aaiún.

Otros casos, como el de Bahrein, Yemen y ahora Siria han experimentado, respectivamente, la dinámica de regresión a un estado de cosas peor de aquel del que se partió. Como es el caso de los bahreiníes – molturados en los engranajes de la tensión irano-árabe por el dominio del Golfo del Petróleo. O en el hervidero yemení, pues se cuecen de forma conjunta las mismas tensiones entre suníes y chiíes que en Bahrein, donde el tribalismo renuente a la integración del país en un solo Estado, de una parte y de otra los manejos del segundo reservorio de Al Qaeda allí establecido – después del primero de todos compuesto por el conjunto afgano-paquistaní -, se anudan con la cuestión central del país, que es la resistencia enconada del régimen del presidente Saleh. Al que ni las bombas en Palacio han podido desalojar del poder.

Fuera de la Península Arábiga, a Poniente, sigue Gadafi donde estaba y como estaba, enrocado, en su ajedrez de resistencia a marcharse de donde él se puso tras destronar al rey Idris y la hegemonía cirenaica. Pero es en Libia donde salta el escándalo del diferencial de trato que Occidente aplica a las burradas represivas de su régimen en la primera hora del ciclo, lo que ya le ha valido la condena del Tribunal Penal Internacional. Mientras, su homólogo Bashar el Assad continúa haciendo lo mismo, conforme idéntico patrón de cultura represiva ante un Occidente que ha enmudecido, con la cabeza vuelta hacia el otro lado.

¿Será efectivamente el petróleo, como tantas veces se ha dicho, la causa de esa doble vara de medir, puesto que Libia lo tiene en abundancia y Siria sólo participa en ese mundo a través del que se bombea por Latakia, procedente de Iraq? Vaya usted a saberlo. A contrapelo de la represión que aplica el Gobierno de Damasco, se acaba de celebrar en un céntrico hotel de la capital siria una reunión de numerosos intelectuales involucrados en la demanda interna de libertades.

Cabe la posibilidad de que tal reunión resulte de las presiones del presidente Obama para que el régimen sirio ponga punto final a la cacería de la disidencia. Una práctica – la de francotiradores militares contra los manifestantes – importada del régimen teocrático de Teherán, con sus Guardianes de la Revolución.

Pero a propósito de la eventual presión de Obama sobre Damasco como causa de la referida reunión de disidentes, es de señalar el advertido languidecimiento de las relaciones entre Riad y Washington a causa de la caída de Mubarak como única salida a la presión habida en las calles de Egipto. Mubarak era un aliado de Washington y de Israel y probado moderador de las tensiones palestinas. Y Washington ahora tampoco tiene relaciones felices con Israel, por sus desacuerdos con Benjamín Netanyahu. Mal le pintan a Obama estas cosas con sus aliados en Oriente Próximo como equipaje para las elecciones presidenciales del año que viene.