¿Punto y aparte en Siria?

Habrá que preguntarse a qué obedece la amnistía ofrecida por Bashar el Assad para todo lo que se ha hecho hasta ayer mismo por parte de los sirios en protesta por lo que se reprimió en primera y sucesivas instancias, partiendo de lo ocurrido en una pequeña población del sur fronteriza con Jordania, ampliado luego al propio Damasco, Latakia, Alepo y otras ciudades, hasta llegar, hacia el norte, por las poblaciones fronterizas con Turquía, alcanzando la rebelión a unidades del Ejército y destacamentos de Policía, hasta forzar la huída de miles de ciudadanos sirios al poderoso e influyente vecino del Norte.

Cualquier pregunta que al respecto se haga viene necesariamente precedida de otra, la de si no será ya demasiado tarde, al haber sido tantas veces la leche y la sangre derramadas. No hay arreglo que las pueda recoger. Es mucha la responsabilidad contraída por los Assad. Imposible en la práctica resulta el revertir las condiciones de guerra civil que han sido abiertas por la caudalosa brutalidad represiva que se ha desplegado en este penúltimo capítulo de ola democratizadora dentro del mundo árabe. Que Siria era otra cosa lo sabíamos muchos, especialmente quienes hemos estado algunas veces por allí, durante el ciclo de las guerras árabe-israelíes.

Pero había ya algo, al principio de esta enorme crisis siria, que entonces no estaba presente allí. Y ese algo no era otra cosa que el paradigma de represión aportado por este Irán de la República Islámica; un paradigma acuñado, hace ya dos años, con motivo del enorme pucherazo perpetrado por ese radicalismo para la reelección en la presidencia de Mahmud Ahmadineyad, instrumento ciego en manos del tarado Guía Supremo de la Revolución, Alí Jamenei.

Nunca sabremos – porque en Irán el secuestro de la información fue mucho mayor que lo ha sido en Siria – cuantos fueron los muertos habidos en las represiones, aunque sí trascendiera la brutalidad de los matones del régimen, que suplieron con creces la violencia a la que no llegaban soldados y policías. Pero no fue sólo eso. Acaso lo más importante de todo consistió en la decapitación de la pluralidad que subsistía en el sistema de los ayatolás. Todos los abiertos a la evolución y el cambio, dentro de un conato de democracia islámica, han sido desplazados y a veces incluso policialmente perseguidos desde entonces. Esa es la referencia que se ha tomado en la represión de las demandas de libertad política entre los sirios.

Los Assad han ido demasiado lejos en la represión para que ahora sea posible un pacto para la marcha atrás. Han reprimido tanto como para que ahora con su amnistía pretendan el camino a unas paces con la disidencia que no serían otra cosa que una amnistía para ellos mismos. Ese punto y aparte pretendido ahora por el Gobierno de Damasco, tiene todos los visos de la imposibilidad. Presenta el completo formato de todo punto final para el mundo de los Assad.

Han tardado demasiado en tascar el freno. Tanto que hasta el propio Obama les dirigiera días atrás, desde Washington, la exigencia de que la represión se acabara de inmediato. Una presión que llegó en paralelo con la entrevista oportunidad americana de incordiar frontalmente al régimen que es la principal ventana en Irán dentro del mundo árabe. Después del gol iraní en el Oriente Próximo que supuso el pacto de la OLP con Hamás al sur de Israel, logrado a través del nuevo régimen egipcio, Teherán no puede consolidar su instalación con el régimen sirio, teniendo además a su servicio, en Líbano y frente al norte del Estado judío, a las milicias de Hezbolá.