Urnas contra el contagio griego

En esta segunda parte de nuestra aventura en Europa –la primera fueron los fondos de cohesión y el seguro que suponía estar allí frente a los riesgos propios de nuestro aquí, especialmente el de las burradas y la incompetencia en nuestra clase política –, nos está pesando sobremanera el rebote, en el coste de nuestra deuda exterior, del socio griego en la Eurozona. De los avatares helenos con su déficit se ha dicho con didáctica precisión que no son de liquidez sino de solvencia. Es lo que concierne a los números. Pero hay más a la hora de ajustar el análisis del porqué se ha dado marcha atrás a lo que se tenía por hecho después del acuerdo franco-alemán.

Lo que Grecia tiene archigastado es el crédito político. Nadie se fía de ella. Ese anticipo de 12.000 millones de euros no se lo acaban de librar porque tiene el crédito más que agotado a la vista de lo anteriormente habido. La respuesta que se le da es la de que “hoy no se fía, mañana sí”…, en el caso de que mañana hayas cumplido las condiciones, las reformas políticas a que te obligaste y todavía no hiciste.

El rebote que nos llega está amasado en ciertos comportamientos parecidos, que no por la cuestión de paridades en escalas y tamaños. En ello somos venturosamente disímiles. No se nos puede emparejar en modo alguno cuando se trata de números. Sí, en cambio, con lo del crédito político. La morosidad zapateril en hacer las reformas convenidas para que España pueda converger en la recuperación europea, remontando la crisis, nos empuja a las posiciones de riesgo, a la zona comprometida y de costes mayores para colocar la deuda. En términos de mercado, no cabe separar más que sobre el papel la solvencia política de la solvencia económica. Resulta imposible hacerlo en situaciones como la que estamos.

Pero las comparaciones no empiezan ni acaban ahí en el plano de las relaciones internacionales, sean políticas o sean económicas, las dificultades de separar la solvencia económica de la solvencia política. El descrédito político tanto se presenta en un plano como en el otro. Y puede llegar el caso, como es el de Grecia, en que ambos descréditos coinciden y confluyen. Lo hacen en términos críticos. A la falta de capacidad económica para salir del hoyo se suma la casi absoluta carencia de crédito político, desde el punto y hora en que los gobernantes griegos fueron en su día pillados con las manos en la masa de la mentira contable. ¿A quién o quiénes pueden en Atenas vender la burra de que no mentirán más y que en adelante serán solventes y fiables?

Por eso, por ser tanta la inverecundia griega en el tráfico de los números de la contabilidad nacional, no es correcto ni justo establecer más semejanzas que las proporcionales a la distinta identidad que tienen el descrédito griego y la cobardía política del Gobierno de Zapatero para hacer lo que debe y a lo que se comprometió, aunque le cueste, por ejemplo, una huelga general.

Patente es también, de otra parte, en el análisis internacional del caso español que el cambio de Gobierno generará confianza, pues se dispone de una alternativa; mientras que Grecia tiene quemados cartuchos y alternativas. No hay aquí nada menos académico, por tanto, que el debate sobre el anticipo de las elecciones. Ni nada más gravoso que el precio que ha de pagarse por cada día de más con esta Moncloa.