Miramamolín cambia de traje

El descontento ha hecho mella en Marruecos, aunque de forma muy limitada. El rey ha sido desacralizado en la reforma constitucional que se propone, pero se mantienen las prerrogativas sagradas del Islam frente a las demás religiones – cuya libertad se proclama -; aunque subsiste, para quienes la profesan, la irreversibilidad de la fe coránica. A éstos, que son la práctica totalidad de los marroquíes, se les sigue vetando la libertad de abandonarla para optar por otras. En las demás materias de relevancia constitucional, también concurren los cambios epidérmicos y asistemáticos; tocados de contradicción entre lo que se proclama como cambio y lo que se sigue estableciendo como invariante sistémica. Inmovilismo puro y duro.

Al Primer ministro ya no se le llamará de tal manera, sino Presidente del Gobierno. Da lo mismo. Será el rey quien lo designe, no el Parlamento en razón de los votos que los partidos hayan obtenido. El sistema no es parlamentario, sigue siendo una monarquía absoluta y vertebrada en lo sacro; ahora, ligeramente emboquillada. Todas las competencias de los distintos órganos de poder son atribuciones delegadas por Miramamolin.

Sin embargo sí hay cambio en lo que toca a la posibilidad de comparecencia en los medios públicos de fuerzas y organizaciones políticas sin representación parlamentaria; algo positivo, que habría de ser considerado como materia referente al principio democrático de libertad de comparecencia. Menos que aquello que se refiere a la libertad de expresión. Se trata en el fondo de avance fraccionario y asistémico, ajeno a la naturaleza no democrática del modelo; algo fraccionario y posiblemente no leal con los destinatarios de tal avance. Su utilidad puede entenderse menos como política que como policial, puesto que permite mejorar el control de los grupos reducidos y de toda suerte de movimientos políticas marginales.

Cuestión esta que es de relevante importancia y significación, pues uno de los asuntos del mayor interés para Marruecos y demás Estados concernidos por la ola de protesta en el norte de África, es identificar la totalidad de corrientes y fuerzas involucrados en esta dinámica de revisión y cambio.

Junto a los puntos de la reforma constitucional señalados, consideración del rey y simulación del carácter democrático del Gobierno, hay un componente de la reforma que es del mayor interés para España. Me refiero a lo de la “regionalización” del Imperio Jerifiano. Y en este apartado, a los efectos dichos de directo interés para nosotros, importa especialmente la cuestión del Sahara; puesto que lo de un estatus para el Rif, significa el reconocimiento oblicuo de la existencia de “dos” Marruecos. Asunto cuya aceptación o no corresponde sólo a nuestros vecinos.

Pero lo del Sahara Occidental, obviamente, es materia bien distinta. Se trata con ello de presentar una suerte de variante estratégica para el asunto de la descolonización de ese territorio; proceso de emancipación iniciado por España en la ONU e interrumpido por Marruecos con la Marcha Verde, en noviembre de l975, cuando Franco agonizaba y Hassan II supo vender en París y Washington que era lo más conveniente que apoyaran su proyecto de Sahara marroquí para que el territorio no cayera en manos de la sovietizante Argelia. Pero fuera por lo que fuera, lo más cierto es que sobre el Sahara que fue español, no tiene Marruecos título alguno, ya que España, a resultas de aquel acto de fuerza y para evitar males mayores, sólo cedió a Hassan II la administración del territorio. La soberanía del mismo, era entonces y sigue siendo ahora, atributo del pueblo saharaui. De ello dio fe la ONU, al inscribirlo como tal en el Comité de Descolonización.

Que Mohamed VI “constitucionalice” las pretensiones jerifianas al definir el territorio como región propia, es y será siempre un suceso irrelevante para la ley internacional. El cambio de traje legal por Mohamed VI agota su legitimidad sólo como asunto de consumo interno. Fuera de ahí resulta irrelevante como evento jurídico internacional. Pero internamente la cosa tampoco da mucho de sí. Los jóvenes, como es lo suyo, vuelven a la calle con sus protestas, aunque el peso de sus razones sólo sea el de su mayoritario número en el total del país. Todo el resto de la disidencia relevante, empieza y acaba en el debate teológico, que no es poco porque compone el grueso de la cultura política árabe-musulmana; o sea, desde Adén hasta Tánger.