Histeria alemana, codicia francesa

¿Vuelve Alemania, por vía de histeria y desmesura, a sacar los pies del tiesto? Si no es así al menos lo parece. La atroz metedura de pata con los supuestos pepinos “coléricos”, imputándolos a la horticultura española, había llegado precedida de otras graves melonadas, expresivas del modo con que la raza germana, espejo de tantas virtudes y capacidades, en determinadas tesituras, se le rompe el cárter con muy peligrosa facilidad. Al menos, nuevamente, en estas últimas semanas. Fue primero la pata de banco del comisario europeo de la Energía, el alemán Gunter Ottinger, a propósito del accidente de Fukushima, que calificó de “Apocalipsis”, pese a que fue el tsunami lo que se llevó por delante, además de decenas de miles de vidas, la integridad de su térmica de fisión y mucho del futuro de la energía nuclear, muy específicamente el de las de las 17 centrales alemanas.

La canciller Merkel, cuando mayo no había aun acabado, escocida por la paliza electoral que dieron verdes y socialdemócratas a la CDU en Bremen – tras de otro previo revolcón en las urnas regionales-, rectificó con creces su anterior rectificación al socialdemócrata Schröder y amplió a la totalidad del parque nuclear alemán la cancelación, en diez años, de sus licencias para operar. Todo con lógico cabreo de los más de sus homólogos europeos, por tan brutal plumazo contra la integración de las políticas energéticas de la UE.

La hipótesis de una crisis climatérica del canciller, para explicar tan drástica decisión, queda ampliamente desbordada por otra, alternativa, del síndrome histérico en el que parece sumida la capacidad gestora del genio político alemán. Lo que faltaba para el remache de tanta sospecha sobre el origen étnico-cultural de tan sobrevenida incapacidad, ha sido la torpísima gestión de la crisis alimentaria y sanitaria que afecta a la República Federal, al imputar a hortalizas españolas el brote colérico que le afecta, trasmitiendo la alarma a la mayor parte de Europa y a la misma Rusia; es decir, al entero teatro de operaciones de la exportación agrícola española.

El tremendo coste que este error ha ocasionado a nuestra agricultura de primor, sólo cede en su magnitud al daño cualitativo que supone, tanto para la maltrecha economía nacional como para el funcionamiento y la misma imagen institucional de la Unión; concretamente, por las perturbaciones causadas en las libertades establecidas para el movimiento de mercancías de los socios comunitarios. La cosa es tanta que merece la consideración conjunta de todos ellos, a plazo inmediato y al nivel de ministros de Agricultura, tal como ya ha sido planteado.

Pero de momento ha llegado la hora de bajar drásticamente la calificación, intra y extraeuropea de la marca “Alemania”, tenida hasta hace muy pocas semanas como bastión del buen sentido y del orden en el concierto de la UE. Sabíamos que carecíamos de política exterior y sabemos ahora que además de carecer de esa política, carecemos también de política energética, y estamos huérfanos asimismo, en lo que toca a Berlín, de sensibilidad para percibir la monstruosa y casi criminal necedad que supone el imputar a la horticultura española la responsabilidad de las hemorragias coléricas de tantos afectados por una infección, en las manipulaciones y distribución de pepinos dentro del mercado mayorista de Hamburgo. A efectos de mercado es como si hubieran gritado ¡fuego! en medio de una sala de cine con las puertas de emergencia cerradas y abarrotada de espectadores. Pero, en fin, los alemanes comienzan a reaccionar en positivo con la reincorporación de los pepinos españoles a los supermercados suyos aquí, mientras que los agricultores franceses intentan sacar tajada del grave barullo organizado en la otra orilla del Rin, afirmando que para garantía de salubridad, la de sus propios productos agrícolas, que no se obtienen en régimen de “low cost”, como los españoles. Dentro del ideal solidario de la UE, el que no corre vuela, mientras este Gobierno nuestro, en liquidación por fin de temporada, aun no ha dicho si exigirá responsabilidades políticas y económicas ante Berlín y Bruselas.