¿Pepinos con aceite de colza?

Ni es una broma de mal gusto, habida cuenta la gravedad del problema económico nacional que ha provocado en España la infección bacteriana focalizada en Alemania –prematura e irresponsablemente atribuida por las autoridades alemanas a hortalizas españolas -, ni tampoco una inoportuna receta sobre el modo de preparar una ensalada con esta delicada cucurbitácea y el producto de una oleaginosa que alcanzó triste y dramática fama en la España que se adentraba en la Transición, con un Gobierno de la UCD, envuelto por ello en una marejada de acoso político socialista que probó cumplidamente su capacidad de agitación propagandística, sólo igualada muchos años después por el mismo aparato de agitación y propaganda, cuando el centroderecha volvió a gobernar, con motivo del “Prestige”.

Aquella tragedia del aceite de colza, que tantas muertes y lesiones produjo entre la población española, se vio envuelta en misterios, cábalas y procesamientos dentro de la industria oleícola, en los casos que pudo probarse que se había mezclado con el de oliva aceite de la soja, que se cultiva en Centroeuropa y cuya importación había sido intervenida, precisamente, al objeto de que no se mezclara con el obtenido de nuestras olivas. A tal efecto, se estableció la práctica administrativa de desviar el aceite de colza a otros usos que el consumo humano, diferenciándolo con la adición de anilinas que lo coloreaban. Se importaba así a un precio sustancialmente más barato que el propio de nuestro aceite de oliva.

Hubo avispados que lo importaban y lo decoloraban. Y lo mezclaban con el aceite nacional. Hecho el procedimiento reglamentario, hecha la trampa para el fraudulento negocio. Pero claro, como había fraude, los involucrados en ese tráfico hacían la distribución de tapadillo en camiones cisterna que se movían por toda la España peninsular.

Cuando afloraron los envenenamientos y saltaron las alarmas sobrevino la gran confusión nacional sobre los orígenes de ese gravísimo problema de salud pública, del que se empezaron a saber, cada vez con más detalle, las resultantes clínicas y la identificación de paliativos, pero del que seguían ignorándose las causas. Ministro hubo que, en términos imprudentemente coloquiales, llegó a hablar de “un bichito”… Pero el bichito no era otro que el envenenamiento por contaminación de residuos químicos, acaso incluso insecticidas, procedentes de uno o varios camiones cisternas que no habían sido debidamente lavados antes de aplicarse el transporte de la mezcla de los dos aceites, el de colza y el de oliva.

El problema, pues, nunca estuvo en el producto alimentario sino en el vector de distribución, en el transporte, en las cisternas de marras. Y habría que plantear muy en serio por el Gobierno español al de Alemania la muy grave responsabilidad económica en que ha incurrido al imputar a las hortalizas españolas la causa de la infección bacteriana sin haber verificado previamente la salubridad y limpieza de sus propios vectores de distribución, el estado sanitario de sus camiones; que muy probablemente, el algunos casos, habrían transportado ganado vacuno, que con sus deyecciones aportaban la condición necesaria para que apareciera en ellas o en restos inadvertidos de las mismas bacterias causantes de este cólera del Siglo XXI. Bueno, también habrá que rascar sobre la responsabilidad política alemana, si es que la hay, por los enormes daños causados. Y asimismo, habrá que seguir las cargas subsidiarias con las que habrá de pechar la Unión Europea por el daño injusto que se ha inferido a la agricultura española por los manejos contra la libertad de tránsito de nuestros productos agrarios.