Rectificación de la rectificación

Fue una movilización de un cuarto de millón de ecologistas el último compás de la presión que precedió la decisión de Angela Merkel de rectificar la rectificación que había hecho de la decisión de su antecesor inmediato en la cancillería de Alemania, el ahora hombre fuerte en Gazprom, el socialdemócrata Gerhard Schröder, que antes de la cancillería, durante la cancillería y presumiblemente ahora también, gastaba trajes de muchos miles de euros, como su correligionario francés y ex director del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss –Kahn, a la actual espera de otros desmantelamiento que el de las centrales nucleares: el de las acusaciones formidables que pesan sobre él.

Pensará el actual servidor del imperio gasístico ruso – pensamiento que compartirá quien le ha sucedido en el timón del Gobierno alemán – que sus compatriotas podrán, tras el desmantelamiento de las centrales nucleares de la Bundesrepublik, con recibos de la luz cortados de la misma tela que sus costosos trajes y sus mismas camisas de seda. Pero se equivoca. No hay bastante para que la mayoría de votantes sean de la izquierda caviar. A Angela Merkel, que finalmente se ha subrogado en el error de Schröder tras el dictamen convalidatorio de un concilio de sabios en los órdenes de las ciencias de la Naturaleza, de la Economía y de la Ética, no le seguirán sufragando los votantes posiblemente recuperados.

Sabios bastantes tendrá Alemania, cabe pensar, para resolver esa cuadratura del círculo que supone ceder a la presión ecologista instalada en la calle para no seguir perdiendo más parcelas de poder regional, como la que perdió en Bremen, donde el centroderecha gobernó sin interrupción más de 50 años, y después de ceder a tal presión para recuperar votos, seguir disponiendo de los sufragios recuperados, cuando las eléctricas alemanas repercutan en el recibo de la luz los costes del descabalamiento del “mix” energético actual; un “mix”, una mezcla de proporciones, donde la energía de fisión aporta casi una cuarta parte del total y la garantía de potencia bastante para suplir el déficit de lo mismo que procede de las energías renovables de flujo discontinuo.

Y ocurre además que la atemperación de la discontinuidad de flujo de las eólicas cuando están instaladas en el mar – y que es en lo que se piensa en Berlín, mientras las compañías eléctricas germanas se desplomaban ayer en Bolsa -, es insuficiente también para absorber el inconveniente de los días nublados en el reino de las valquirias.

El ecologismo ha ganado con este triunfo de la presión en la calle la mayoría de edad en la política de la democracia parlamentaria, aunque ello ha sido posible, al hilo del tsunami de Fukushima, donde la catástrofe, como advirtió el presidente Sarkozy a las primeras de cambio, al plantarse solidariamente en Japón con la velocidad de reflejos que le es propia, dijo que había sido la sísmica y no la de la central nuclear. Que es lo que están vendiendo los ecologistas de ocasión, para los que manipular la magnitudes de lo sucedido en Fukushima es tan propio como propalar errores informativos y profetizar tragedias para la Madre Naturaleza en la Pampa de Chile a propósito del más modélico proyecto mundial en curso, dentro las energías renovables, que es el de HidroAysen, con cinco embalses cuya superficie total que equivale al 1,5 por ciento de las láminas de agua existentes en la región del mismo nombre.

Tampoco pasan por eso los ecologistas de Chile, país con una tasa anual de crecimiento del 6 por ciento del PIB y que, carente de otras fuentes energéticas que no sean las de sus vecinos (Bolivia, Perú o Argentina) necesita de esa energía hidroeléctrica como recurso autónomo y suficiente. ¿A quién sirven esos ecologistas del poncho roto, a su país o a quienes ofrecen alternativas generadoras de Co2 desde el “socialismo del siglo XXI? La demagogia ecologista tiene ya condición y estatus de problema global contra el progreso de las naciones.