La apuesta del G-8 por la democracia árabe

Dejado atrás, en Washington, el disenso entre Obama y Netanyahu sobre el proceso de paz entre judíos y palestinos, pues el presidente norteamericano y el primer ministro de Israel difieren respecto a la hipótesis de trabajo en la que deberían enmarcarse las negociaciones de ahora en adelante – si tomando o no como referencia los límites israelíes establecidos en junio de1967 -; pasando página provisionalmente en su propia agenda sobre ese concreto aspecto de la política en el Oriente Próximo, el presidente norteamericano, después de su visita a Irlanda y al cabo de una jornada protocolaria en Londres, se reunía, en su segundo día en la capital británica con el Premier Cameron para la presentación en la Cumbre del G-8, que se celebra en Francia, de una apuesta conjunta del club por la democratización de los Estados árabes, asistida económicamente en la línea ya iniciada por EEUU con su plan Marshall para Egipto y la República de Túnez.

Presumible será que mientras en la reunión del G-8 habrá acuerdo en apoyar “la primavera árabe”, se abrirán diferencias en cuanto a los medios, especialmente los militares, como es el caso del pulso que se está librando entre el régimen de Gadafi y la resistencia armada de los rebeldes, asistidos militarmente de modo cada vez más firme por la OTAN, cuyas intervenciones aéreas, día a día, reducen muy significativamente la capacidad militar del sistema. Las reticencias rusas y chinas se volverán a expresar con toda seguridad, siempre que no hayan mediado factores nuevos de los que aun no se tiene noticias.

Pero a este respecto es de notar que regímenes árabes que se resisten al cambio, principalmente el libio de Gadafi, el yemení de Alí Abdalaziz Saleh y el sirio de los Assad, insisten en sostener que su posición contra la apertura política y los cambios todos que se les exige, viene determinada por la necesidad de cerrarle el paso a los terroristas de Al Qaeda, que es el enemigo más encarnizado que tiene ante sí Occidente y las libertades políticas que Occidente defiende y representa. Suena tal argumento, como al lector no se le escapa, a lo mismo que decían los regímenes autoritarios en los tiempos de la Guerra fría, ante sus propias restricciones de las libertades, por causa de los comunistas…

Se podría argumentar contra esta similitud o paralelismo con lo ocurrido en Argelia al ganar el FIS las primeras elecciones celebradas al relajarse las restricciones políticas de la dictadura militar. Cierto que ese frente islámico no era Al Qaeda, pero lo que vino después tras del golpe militar de 1992 abrió un ciclo de violencia política en la que la práctica terrorista se conjugó a todo trapo entre los dos bandos de la contienda.

Lo que resulta indiscutible en cualquier caso es que flexionar por el cambio político de una a otra situación no es tan fácil como doblar el codo. Para reducir las obvias dificultades, el cambio político en los Estados árabes – y en cualquier otro escenario – ningún linimento mejor que la ayuda económica. Pero eso no es todo ni nada que se le parezca. Hace falta muchas implementaciones y el sólido consenso posible entre los padrinos de la operación. Y aun así, tales condiciones son condiciones necesarias, a las que debe añadirse las condiciones suficientes. Y todavía más, la democracia política es línea de llegada y no punto de partida. Los del G-8 lo saben perfectamente. Incluso rusos y chinos.