Netanyahu, asilado al Congreso

Como vio la que se le vendría encima con su propuesta a Israel de que volviera a las fronteras de 1967, las anteriores a la Guerra de los Seis Días, en las negociaciones con Abbás para el establecimiento del Estado Palestino, el presidente Obama “se mandó mudar”como dicen en Canarias, antes de que Benjamín Netanyahu compareciera en el Congreso de Washington para explicar a los congresistas cuanto, días antes, había dicho y explicado en la Casa Blanca a su anfitrión.

El mensaje a los representantes podría resumirse en dos proposiciones. Una, que Israel está dispuesto a “concesiones dolorosas”con los palestinos; otra, que la paz debe garantizar la seguridad de Israel y de los israelíes. En consecuencia, el Gobierno de Netanyahu no está dispuesto a pasar por ninguna cuestión susceptible de comprometer tal seguridad. Es el regreso con armas y bagajes a la política de pies en pared frente a la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de Naciones, votada después de la Guerra de junio de 1967.

Esa política ha tenido excepciones puntuales, como la muy importante que fue el acuerdo suscrito por Menahem Beguin y Anuar el Sadat, por el que Israel devolvió a Egipto el Sinaí y Egipto reconoció al Estado de Israel. Los Hermanos Musulmanes, que ahora tienen algo más que vara alta en la política egipcia, mataron a Sadat en la tribuna desde la que presidía el desfile militar en el que participaban sus ejecutores. Apéndice de aquel acuerdo fue, bajo el auspicio de los Estados Unidos, el arreglo con Jordania. Que también había tenido su propio episodio con los palestinos en el llamado Septiembre Negro, pasaportados en gran número por la Legión Árabe movida por el rey Hussein.

Entre las condiciones expuestas a los congresistas por el Primer ministro israelí hay que destacar la de que el Estado Palestino que se creara habría de ser un Estado desmilitarizado, al tiempo que toda la línea del Jordán se mantendría militarizada por Israel. Es decir que el flamante Estado nuevo para los palestinos sería, en este orden de cuestiones de seguridad, poco más de lo que es la actual Autoridad Nacional Palestina que preside Mahmud Abbás. O quizá un poco menos, insisto en lo que toca a este aspecto.

Hay en la cuestión algún fleco que excede en importancia a la cuestión misma del Estado Palestino. Me refiero al asunto de Irán, cuya desnuclearización ha implorado Netanyahu ante el Congreso de Washington. Y corolario de ella, la afirmación de que Israel no negociará nada con el movimiento Hamás, al que el nuevo Gobierno egipcio

ha impuesto a la OLP como aliado, obligándoles a establecer la paz política luego de la miniguerra civil que libraron tras de las elecciones de 2007, partiéndose políticamente en dos mitades el espacio palestino. Con Hamas, entonces movido por Irán, en la Franja de Gaza, y la OLP en Cisjordania, tutelada por Washington e interlocutora única del Gobierno israelí de la señora Livni.

Otro fleco de mucho peso es el referente a la afirmación de Netanyahu ante los congresistas de que más allá del acuerdo que se cerrara con los palestinos, continuarían de otra manera los asentamientos judíos en territorio árabe. Es algo que deriva a su vez de la afirmación de que todos los judíos que por el mundo están tienen derecho a ir a su patria; cosa que choca con la pretensión palestina de que los integrantes de su propia diáspora tienen derecho – ellos y sus descendientes – a regresar también a la suya. Ciertamente, no es un debate académico el que le espera a Obama a su regreso del actual viaje por Europa.

Habrá que volver entonces al manifiesto de Netanyahu ante los congresistas de Washington. Regresan las piedras al zapato de Obama después de la caza de Osama Ben Laden.