El más allá de Ben Laden

Es como si la eliminación de Osama Ben Laden – al que el presidente Obama volvería a pasaportar si fuera necesario, como acaba de afirmar implícitamente diciendo que ordenaría otra vez la misma operación si fuera necesario – hubiera activado la moviola que recoge imágenes y sucesos del tiempo inmediato al 11-S. Cuando las presiones de Washington sobre el Gobierno afgano de entonces, presidido por el Mulá Omar, para que les entregara al fundador de Al Qaeda, que había sido héroe de la guerra anti-soviética de entonces para que los rusos abandonaran el país.

El Mulá, que hasta previamente había llevado sus convicciones islámicas al extremo de destruir aquellas enormes efigies de Buda talladas en la roca, al pie de la Ruta de la Seda, porque resultaban incompatibles con la iconoclastia (la aversión a las imágenes propia del Islam) correspondiente al carácter coránico radical propio de su régimen, trasladó tal firmeza a la respuesta enviada a los norteamericanos. Dijo que no entregaba a Laden y aquello prendió la mecha de la penúltima guerra de Afganistán, decidida por el predecesor de Obama en la Casa Blanca. Una decisión asistida por el consenso de los dos grandes partido norteamericanos. Lo mismo que ocurrió después con la guerra contra el régimen nacionalista árabe de Sadam Hussein.

Pues bien, la mecha prendida ahora para la nueva guerra de los talibanes contra EEUU y su aliado paquistaní, ha sido precisamente la caza de Ben Laden a principio de mayo en el santuario islámico de Pakistán. Algo que para los talibanes supone tanto como una traición del Gobierno de Islamabad, que no habría protegido a Laden de la misma manera que lo protegieron ellos cuando el presidente George W. Bush les exigió que se lo entregaran tras del 11-S. Toda una traición para estos energúmenos; traición que oscilaría entre la responsabilidad por omisión, al no aportar el blindaje suficiente, y la delación a los servicios de Inteligencia norteamericanos.

Como fuere, lo cierto es que el mundo talibán la tiene emprendida ahora con los paquistaníes, con operaciones de hostigamiento en Warizistan del Norte, e incluso con el ataque a una base marítima el sur del país. Suceso al que se ha referido una televisión privada afgana (Tolo News), informando que había muerto el Mulá Omar a manos del general Hamid Gul, antiguo jefe del SIS (Servicios Secretos paquistaníes), cuando Omar era trasladado a un lugar seguro. Todo se ha desmentido por los propios talibanes, tanto afganos como paquistaníes.

Parece lo más probable, en todo este revuelo de informaciones desmentidas sobre la muerte de este personaje, que la eliminación de Ben laden fue el comienzo de un operativo que incluye la captura, vivos o muertos, de un conjunto de medio centenar de yihadistas de alta cualificación, proyecto al que pertenecería la reciente muerte de dos ellos en Yemen, y al que podría corresponder ahora la historia del Mulá Mohamed Omar, supuestamente eliminado cuando se dirigía desde la localidad de Quetta a la región paquistaní en Waziristan Norte.

En cualquier caso, al cambio de estrategia norteamericana en aquella región asiática, centrada en la sustitución de actuaciones propias de guerra convencional, con grandes despliegues sobre el terreno, por otras de comandos hiperasistidos de medios y con gran capacidad de actuación y movimientos, es un camnbio que se acompaña asimismo, dentro del Oriente Próximo y el Oiente Medio, de movimientos diplomáticos de gran calado, versatilidad y margen de sorpresa. Tal como ha sido la semana pasada, el mensaje de Obama proponiendo la referencia a las fronteras árabe-israelíes de 1967 como base territorial para la creación del Estado Palestino. Algo, como se sabe, rechazado por el Primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que hoy comparecerá en Washington ante el Congreso norteamericano. Estamos en el más allá de Ben Laden.