Pinchado en hueso de Obama con Israel

No se sabe ni se acaba de entender la posible razón de que este presidente de Estados Unidos haya jugado la carta de las fronteras del 1967 de Israel con los árabes para que el Estado judío selle la paz con éstos y, sobre tal base, se consiga el acuerdo para la creación del Estado Palestino desde el actual artefacto político-administrativo de la Autoridad Nacional Palestina, diplomática y políticamente semi-quebrada desde las elecciones celebradas en 2007, que la fracturó con la separación entre la OLP y Hamás, al vencer respectivamente una y otra formación en uno y otro de los dos territorios: Cisjordania y Gaza.

Un desacuerdo aquel que acabó a tiro limpio y que ahora se dice que ha sido resuelto, todo desde el punto en que las negociaciones de paz entre Israel y los palestinos se han venido abajo –parece que definitivamente – con la obstinación del Gobierno de Netanyahu de seguir con las colonizaciones de espacio árabe en la zona Este de Jerusalén, y, luego, tras la dicha reconciliación palestina. Un desenlace impuesto por el nuevo Gobierno egipcio –de transición -, que al parecer ha cedido a la presión de los Hermanos Musulmanes, operando éstos como agentes de Arabia Saudí.

Lo cual no puede significar otra cosa que el patrocinio iraní habría sido desplazado, en la propia medida que el Hamás de después del pacto de reconciliación con la OLP, ha dado señales de estar dispuesto a reconocer al Estado de Israel, algo que, como es bien sabido, no estaba dispuesto a hacer hasta ahora, de ninguna de las maneras. Aunue el Gobierno israelí no se lo traga.

El enredo del Oriente Póximo entre Israel y los árabes parece haber alcanzado el rango y la condición de los nudos gordianos, lo cual apuntaría la posibilidad de que Obama hubiera caído en la tentación de efectuar ese golpe de espada que significa la apuesta de imponer el reconocimiento de las fronteras existentes en junio de 1967, cuando estalló una guerra que sólo duraría seis días tras de destruir en tierra la aviación israelí los aviones del presidente Nasser. Aquel brevísimo suceso de sólo seis jornadas engendró un lodazal político-diplomático del que no se ha podido salir enteramente a lo largo de 44 años.

La última prueba ha sido este pinchazo en hueso del actual presidente estadounidense, que al cabo no ha hecho más que repetir el traspiés de su inmediato antecesor demócrata Bill Clinton. Como quizá no podía ser de otra manera, Benjamín Netanyahu, el Primer ministro israelí ya había rechazado la propuesta de Obama antes de llegar a Washington, pero fue ya en la Casa Blanca donde Netanyahu precisó que las fronteras del 67 como hipótesis de trabajo para la paz resultan inviables por los cambios estratégicos y demográficos sobrevenidos desde entonces en la región.

No le faltan razones para sostener este punto de vista, pero tampoco le faltan a Netanyahu culpas y responsabilidades por haberse encerrado en la cuestión de los asentamientos en Jerusalén Este, con lo que ha hecho fracasar las negociaciones. Será cosa de esperar a lo que diga este martes ante el Congreso de Washington. Pero en lo que toca al sugerido intento de los palestinos en la ONU durante la Asamblea General en Septiembre, para que en ella se alcance el reconocimiento del propio Estado, habrá que considerarlo de estéril expresión de voluntarismo. Nunca Estados Unidos recurriría al trágala en la Asamblea para imponer de rebote el propio punto de vista contra su estructural aliado en Oriente Medio.

Acaso más que en ninguna otra tesitura, el problema palestino se encuentra en un callejón sin salida.