Dos muy distintas bombas

Muy poco se han llevado entre sí un bombazo de otro. El de Marraquech, obra del salafismo, con casi 20 muertes, y el de Palestina, entre Hamás y la OLP, para el eventual comienzo de una negociación que hipotéticamente desemboque en la celebración de unas elecciones unitarias antes de que transcurra un año. Lo de Marraquech es obsequio de las huestes de Ben Laden al rey de Marruecos, cara la temporada turística que ahora arranca en ese verano precoz.

Lo de Palestina trae su origen del derrocamiento de Hosni Mubarak, que arbitraba con autoridad las relaciones casi infernales entre el nacionalismo palestino, representado por Abbas, heredado de Arafat y establecido en Cisjardonia; y el islamismo, patrocinado por la República Islámica de Irán, y representado por Ismail Haniya, que la emprendió a tiros con las huestes de Fatah y OLP tras las últimas elecciones en Palestina, durante marzo de l967, que trajeron después una pequeña civil.

Desde entonces los de Gaza y los de Cisjordania han malvivido como hermanos separados, tanto en la paz como en la guerra que los de Gaza hicieron, de forma teledirigida, por los iraníes; acaso para que mediante ella se torpedearan, tal como se consiguió, las negociaciones que, a últimos de 2008 y principios de 2009, celebraba el Gobierno cisjordano de la OLP con el Gobierno judío entonces presidido por la señora Livni. Aquella negociación iba perfectamente encarrilada, más con el patrocinio directo de la Casa Blanca que con sólo el apoyo del Departamento de Estado. Dos cosas dispusieron en aquella Conferencia de Indianápolis: que el Estado Palestino fuera una realidad fehaciente a fines de aquel año, y que negociaciones de Siria con Israel hicieran posible la firma de un Tratado de Paz, pendiente desde el fin de la guerra de 1967.

Hamás fue el instrumento preciso para que entonces todo ello se fuera al traste. Y después, tras de las elecciones israelíes de la primavera del 2009, con Netanyahu en el poder ya no fue posible dar un paso adelante, entercada la rigidez ideológica de sus votantes en completar un programa de edificaciones en territorio especialmente ocupado. Abbas, pese a los apoyos expresos de Obama quedó literalmente vendido, no sirviendo entonces para nada los buenos oficios del presidente egipcio Hosni Mubarak, que ni remotamente entonces podía sospechar que le esperaba un trienio después…

Tampoco se lo esperaba el islamista Hamiya, hombre fuerte de Gaza, que se ha encontrado con que se le daría en El Cairo actualmente la entrada que se le ha dado, posiblemente por la forma en que los islamistas egipcios están permeando ahora el proceso político constituyente en que se encuentra el país del Nilo. Mubarak es un nacionalista, todo lo contrario de quienes ahora desarrollan una estrategia de preeminencia para el islamismo en un Oriente Medio que, desde la descolonización, había estado políticamente formateado por el nacionalismo. Comenzando por el egipcio Nasser y siguiendo por todos los cabezas de Estado que formaban las jefaturas no coronadas.

Dice ahora Netanyahu al palestino Abbas que elija entre Israel y Hamas. Más tendría que pensar Netanyahu en la conveniencia de darle más cancha a los nacionalistas palestinos antes de que los islamistas de Gaza se encontraran actualmente a los de Egipto como padrinos políticos. Pero, con la ola, ese tren ya ha pasado.