Constantes ruso-chinas con Damasco y Teherán

La iniciativa euro-norteamericana para que el Consejo de Seguridad condenara la represión siria de las manifestaciones de protesta, ha encallado en el veto ruso-chino. Se veía venir. Moscú ha mantenido históricamente su apoyo diplomático a Damasco a lo largo de las guerras árabe-israelíes. Lo sostenido durante el tiempo soviético se hace igualmente ahora. Mientras que China, en las actuales circunstancias, ha hecho extensiva al régimen sirio el apoyo prestado a la República Islámica de Irán desde el comienzo de la presión occidental, por causa del programa persa para el enriquecimiento de uranio. Algo que según Occidente está destinado a la obtención de armamento atómico, y no al equipamiento del país con térmicas de fisión tal como sostiene el régimen de Teherán.

El tándem diplomático chino-ruso se hace extensivo al problema de Libia, puesto que comparten la oposición a las acciones militares de la OTAN contra las fuerzas de Gadafi, además de sostener, tanto rusos como chinos, actuaciones sistémicas contra el islamismo de cualquier gradación en sus respectivos territorios.

Una y otra potencia, en un amplio orden de intereses, comparten una simbiótica relación muy enjundiosas en el plano de las relaciones energéticas; especialmente desde que Rusia desistiera de enlazar energéticamente con Estados Unidos, tras del desplome de la sintonía establecida durante la primera presidencia de George W. Bush.

El buen entendimiento de los rusos con los chinos tendría ahora una motivación añadida en el precio desaforado en que se encuentran instalados los hidrocarburos. El crecimiento económico del gigante amarillo origina una grande y sostenida demanda de gas y petróleo; ello ha contribuido, a su vez, a un salto espectacular en la evolución del PIB ruso. Según el informe expuesto ante la Duma por Vladimir Putin – Primer ministro y muy probable candidato en las elecciones presidenciales venideras -, el crecimiento ha sido el más alto de las economías del G8, con una tasa del 4 por ciento. En 2009, por el directo y compartido efecto de la crisis, había caído un 7,9 por ciento.

El peso del petróleo y el gas, en el contexto de la crisis energética relanzada con la nueva objeción a las térmicas nucleares por causa de la catástrofe sísmica con su tsunami que ha envuelto los reactores de Fukushima, parece que puede tener un efecto consolidador de las demandas de hidrocarburos. Y ello, además, en lo que se refiere a los precios, por el efecto de la ola árabe sobre la geografía islámica del petróleo. Así pulsa específicamente la crisis libia, que por sí misma es referente de primera magnitud

para las necesidades chinas en lo que concierne a los suministros de crudo. Tanto que no sería descabellado pensar que Pekín, a la hora de jugar su carta en el Consejo de Seguridad – ahora ante Siria como antes respecto a Libia -, estuviera pensando en aparcar muy significativa y establemente su demanda dentro de la geografía petrolera árabe afectada por la ola del cambio.

Hay otra consideración que resulta necesario hacer respecto de la oposición de Pekín a la condena siria por sus presiones. Mucha es la cara que habría de tener el régimen de Pekín para añadir su condena a la occidental contra la represión china, cuando nadie ha olvidado Tianamen ni su legado contra las libertades políticas y las detenciones policiales.