Europa pierde estanqueidad

Porque se ha disparado la presión migratoria sobre el perímetro fronterizo de la Unión Europea – especialmente por el arco meridional -, Italia y Francia se han dirigido a la presidencia de la Comisión para que el Tratado de Schengen sea modificado. Y lo sea en la medida que incluya nuevos supuestos para el cierre de fronteras. En tal cosa estriba el consenso de mínimos franco-italiano logrado ayer en la Cumbre celebrada en Roma, con Silvio Berlusconi y Nicolás Sarkozy, acompañados de sus ministros de Asuntos Exteriores e Interior.

La carta enviada conjuntamente a Durao Barroso responde a una situación nueva. A una novedad que estriba en la duplicación de las causas históricas de la migración norteafricana sobre el flanco sur de Europa. A la motivada por las motivaciones socioeconómicas, en las que tanto ha pesado y pesa, especialmente en Marruecos la estructura feudal de la sociedad, especialmente en los criterios de distribución de la riqueza, con acumulación de cantidades ingentes de ella en manos de Miramamolin

y de su Corte; o en el caso de Argelia, donde los caudales aportados por los hidrocarburos desparecen en los arenales de la oligarquía burocrática

; a estas circunstancias, que operan como causas y motores de la desestabilización social, se suman los efectos de inseguridad generados por la protesta y por la violencia revolucionaria que han tumbado las autocracias tunecina y egipcia y que se resuelve en guerra civil contra la dictadura nacionalista de Gadafi.

Todo eso, más el efecto colateral que habrá de tener – como dinámica migratoria proyectada sobre la periferia meridional de la Unión Europea- se habrá de sumar también lo que resulte de la revuelta cursante en Siria y del terror de Estado por el que se ha decidido el régimen de los Assad: relevante por su efecto desestabilizador del entero conjunto del Oriente Medio y de la semieuropea Turquía. Que arrastra en el tiempo más contemporáneo la reivindicación nacional de los kurdos, a los que se arrancó el viático diplomático para su propio Estado, otorgado por la Conferencia de Versalles, tras de la Primera Guerra Mundial. Algo más que proyecto, desviado para montar el mecano estatal iraquí, pues había aparecido el petróleo en una parte del Kurdistán, para el que tuvo opción preferente el Imperio Británico.

El Tratado de Schengen, visto como están las cosas y sospechado cómo pueden estar, parece concebido e inspirado en la contemplación del lago de los cisnes en lo más encalmado de su presentación y en el más sereno de sus posibles futuros. El horizonte de esta UE de ahora no es como el de hace un cuarto de siglo, que permitió establecer, por la inercia misma del proceso de integración, la libertad de movimientos dentro de ella. Poco menos que rebajando la realidad de las fronteras internas a una sola referencia histórica. Las condiciones de hecho actuales, por la presión migratoria añadida a la que le precedía, exigen ajustes puntuales que permitan encarar situaciones como estas de ahora mismo. Respuestas ante estados de excepción, igual que se hace con el régimen jurídico de los Estados democráticos de Derecho ante el ejercicio de las libertades políticas. Son mecanismos de excepción y por definición provisionales, de duración limitada. No como el Estado de excepción que arrastra la Siria de los Assad y el Yemen de Saleh, o el que arrastraba el Egipto de Mubarak y el Túnez de Ben Alí.

La Unión Europea necesita reformar el Tratado de Schengen, como piden Italia y Francia para no perder estanqueidad con los embates de la ola árabe y de otras que puedan venir. Para no quedar lo de Schengen, irreversiblemente, en papel mojado.