Siria da profundidad a la ola árabe

Por Siria y el Yemen, al igual que en Libia (donde Gadafi ordena que vuelvan a bombardear Misrata), se sabe quién va perdiendo aunque no quien cobra la ventaja de fondo. Los sistemas allí imperantes todavía se han mostrado incapaces de contener la revuelta y frenar la ola, pero sus alternativas reales,  beneficiarias de la mutación, constituyen una incógnita. Todo está pendiente, tal como ocurrió en Túnez, de cual sea el desenlace del proceso que comience cuando la autocracia todavía establecida en cada caso, desaparezca del mapa. Si es que lo hace…

Aunque el caso sirio y el caso yemení compartan – como el propio casi libio – la sombra del islamismo más o menos radical, presentan por sí mismos o por sus respectivas circunstancias, características bien diferenciadas en estas horas.

Lo de Siria es de una complejidad explosiva, por el peso de los factores que concurren como desencadenantes de otros problemas estructurales en la región. Mientras que lo de Yemen, por la salida que se presentaba como supuestamente pactada, parecía resultante de un tipo de solución –regional – de utilidad bastante en lo que corresponde a esa sub-región del Oriente Próximo.

El Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), que agrupa a las petromonarquías del Pérsico, podría haber aportado la mediación suficiente para que la autocracia de Saleh, que mantiene una vigencia superior a las tres décadas y que tiene tras de sí la tarea de la unificación del país en un solo Estado, ceda el mando a cambio de que quienes lo toman le den inmunidad y no le exijan responsabilidades por las tareas represivas con que se ha querido defender de lo inexorable.

Pero esa estructura regional de poder, aglutinada bajo el peso económico y político de Arabia Saudí – que asimismo aporta la autoridad religiosa que se desprende de su condición de Guardián de los Santos Lugares (del Islám) -, tiene ya en su haber, como potestas árabe y musulmana, el apaciguamiento de Bahrein. Una cuestión en la que se imbricó muy claramente la presión iraní con el manejo de los chiíes del archipiélago, donde son mayoritarios.

Y no ha sido sólo en Bahrein donde el CCG ha intervenido y puede seguirlo haciendo, si lo exige el cambiante guión de los acontecimientos en aquella cuenca. También en Kuwait operan políticamente los chiíes, aunque no constituyen la mayoría – al contrario que en Bahrein – sino una minoría, que deviene conflictiva en la medida que se siente tutelada por la proximidad geográfica y política de la potencia iraní.

La República Islámica de Irán aspira a un estatus de liderazgo regional, que le permita devolver uno a uno los golpes que los Estados árabes de la cuenca del petróleo le dieron durante la guerra de ocho años practicada por el Iraq de Sadam Hussein; personaje al que financiaron con las bendiciones de Estados Unidos. Y querrá Irán también decir lo suyo en el caso de la ola revolucionaria en Siria y sus represiones de gran magnitud, pues se trata (la ola) de un asteroide que le puede caer encima a los ayatolás el día menos pensado.

De momento, por compartir cosas Teherán y Damasco, no sólo enfrentan disidencias internas sino que también los sirios comienzan a encarar grietas en el sistema político, al dimitir, como protesta por lo masivo de la represión, dos diputados de su peculiar Parlamento, así como el Mufti de Deraa, la localidad sureña donde comenzaron las protestas contra el régimen de los Assad. Queda película para rato, con riesgos tales como el de la libanización de Siria y el de los cascotes que pueden caerle a Israel por vía de Hezbolá, el robot que comparten – junto con otras cosas – sirios e iraníes.

Lo de Siria añade profundidad sistémica a la ola del cambio árabe.