Recuentos europeos por la crisis

Tanto la crisis económica global .como la crisis de estabilidad política que atraviesa el norte de África, parecen converger y traducirse en un proceso de revisión de los criterios – más que sólo políticos y que únicamente económicos – que han orientado el proceso y la moral de la Unión Europea hasta la última década.

El gran salto adelante dado por el populismo finlandés en las últimas elecciones parlamentarias, mediante el cual un partido minoritario, el de los “Auténticos Finlandeses”, le ha permitido evolucionar desde la insignificancia política a la capacidad de determinar la ecuación gobernante en el país, tras superar en sufragios a la socialdemocracia – de larga data en el Ejecutivo del país, como en otros espacios escandinavos en particular y europeos en general-. Pero no sólo eso. También ha venido a sacudir el ritmo de los rescates de Grecia y de la negociación del de Portugal. Y de rebote, ha sido la causa del último sobresalto en el proceso de colocación de la deuda española, embarcada en una política fiscal de rumbo débil, donde parecen tener más cabida los vientos desfavorables que los convenientes.

No es únicamente el dato económico aquello en que ha repercutido el caso de Finlandia. También ha venido a reforzar la escorada general, apuntada ya, de los Parlamentos europeos hacia más allá de la simple derecha, como sucedió también en Francia con el lepenismo, y antes en Holanda, en Dinamarca y Austria. Formando todo como síndrome de encogimiento y general revisión de los ideales supranacionales que orientaron el proceso europeo hasta el Tratado de Lisboa.

Por si algo faltara en este cuadro general sobrevienen ahora los rebotes sociales de la revolución política que sacude el mundo propio de los Estados de la Liga Árabe, es decir, el norte de África y el Próximo Oriente, donde ayer seguían las violencias sirias y yemeníes con su cuenta de muertes. El rebote social de la ola de cambio norteafricana, comenzada en Túnez, saltó desde Túnez a Italia, y pronto lo hará en dimensiones aun más críticas, sobre la misma Italia por causa de la guerra civil líbica.

El abandono y la falta de solidaridad europea que padece en estos momentos Italia, se ha venido a acentuar estos días con motivo de la interrupción francesa del paso de los trenes cargados de emigrantes norteafricanos sin documentación, generándose lógicamente con ello tensión política de muy alto voltaje entre Roma y París. No era para menos, pues el incidente más que rozaba los límites de libertad de movimiento dentro del espacio de la Unión establecidos en el Acuerdo de Schengen. La Comisión Europea resolvió que Francia podía hacer lo que hizo, por la singularidad excepcional de las circunstancias que lo determinaron. Y, en todo caso, lo que ha hecho todo esto es abrir un turno de debate para determinar qué se hace y cómo se aplica, en conjugación restrictiva, de vacas flacas, con esa libertad de movimientos establecida en su día para desenvolverse dentro de la UE.

¿Acaso Italia no actuó conforme lo exigido por una situación de extrema necesidad, en la que los refugiados han muerto por decenas en aguas del Mediterráneo? ¿Es que la política exterior de la UE va a definirse y concretarse sólo por cosas así? ¿Quizá lo humanitario es salvar a los civiles libios con acciones militares pero no acoger a los civiles que huyen de la quema escapando por mar?

Perece que, en lo recuentos europeos de referencia, las cuentas no salen ni de lejos.