Avisos al bolichavismo y al castrismo

Quizá como aviso de que la figura de Simón Bolivar no puede ser expropiada indefinidamente como un patrimonio más por el chavismo; es decir, por la Venezuela de ahora, ni tampoco por ninguna de sus franquicias gobernantes en la región, el Gobierno de Evo Morales se las ve actualmente como nunca se las vio desde que éste puso sus muy ignaras posaderas en la poltrona presidencial de Bolivia.

En una abrumadora evidencia del principio retributivo de que dónde las dan las toman, por las misma carretera (la Nacional 1, por la que llegan abastecimientos esenciales a La Paz) que sus sindicalistas le llevaron al poder en 2006, defenestrando al presidente Gonzalo Sánchez de Losada, esos mismos sindicalistas la han vuelto a ocupar ahora contra Evo Morales. Le acusan de fantoche y de vendido al capitalismo, reclamándole un subida salarial del 15 por ciento y echándole en cara el encarecimiento los carburantes, primero la gasolina y después, ahorra mismo, el gas doméstico, luego de que hace un lustro le llevaran al poder tras de escucharle, a Evo, eso de que el gas y todos los recursos naturales de Bolivia eran de ellos. De los quechuas y los aymaras y de todos los bolivianos pobres: del altiplano paupérrimo y de los valles ubérrimos.

Tan relevante es que la protesta y la rebelión (no quieren negociar con los ministros de Morales, ni aisladamente ni en cuadrilla, sino discutirlo todo con él), además de situarla en el mismo escenario que le llevó a la victoria revolucionaria, viene la protesta integrada y sostenida por los sindicalistas de los cuales salió el propio Evo – especialmente los del mundo cocalero, luego de “formarse políticamente en los talleres revolucionarios de La Habana, y reforzada por masas de estudiantes y jóvenes de toda condición. Defraudados profundamente al cabo de tanta verborrea en el “bolichavismo”.  Una variante hemisférica del bolchevismo.

Es la primera vez que sobreviene una situación como esta. La rebelión sindicalista de Bolivia dentro de la geografía suramericana, contra la situación sufragada, en régimen de caudaloso derroche, desde Caracas, por el huésped del Palacio de Miraflores. Tan singular y atrabiliario personaje, el tal Hugo Chávez, que ha reconducido el ciclo alcista de las materias primas -muy especialmente el del petróleo- al despilfarro interior, a la corrupción sistémica y a la financiación y sustento del último despropósito socialista en el mundo hispanoamericano.

Lo más curioso es que el primer gran crujido social y manifestación del descontento por parte de la base popular dentro del universo chavista,  se ha venido a producir  en el momento en que dentro de la propia Cuba, el núcleo germinal del comunismo iberoamericano, termina de arrancar el IV Congreso del PCC con un debate sobre la reformas políticas y sociales que necesita el país del poeta Martí.

El profeta cubano del patriotismo postbolivariano ha sido utilizado desde hace medio siglo, por el castrismo, como coartada para la implantación del estalinismo político y económico bajo el abdomen geográfico del mismo imperio norteamericano. Imperio cuyos mandarines, cuando Cuba aun era España, consideraron apropiársela en trámite subsecuente a la independencia. Y luego de que la Corona le cediera la Florida a precio de saldo (cinco millones de dólares) en el contexto de la emancipación americana iniciada tras de la Guerra hispano-británica contra Napoleón.

Los discursos vesperales del presidente Raúl Castro, en las fechas previas al inicio del congreso mismo, contiene una sarta de perlas entre las que brilla, como muestra mayor de la confusión conceptual, esa que alude a las reformas “inaplazables” para garantizar la supervivencia del sistema socialista; es decir, para que pueda sobrevivir este sistema  –sostiene implícitamente el personaje– no tendrá más remedio que dejar de ser progresivamente socialista.

O sea, suicidarse a plazo para perpetuarse y alcanzar la supervivencia. Se trata de reformas parciales, pasos para una transición intransitiva puesto que pretende conservar aquello que se cambia en su propia esencia. Y para lo cual, de cara a ese cambio en las esencias inmutables, se anuncia ya una relación de nuevas actividades económicas permitidas (algunas nada nuevas), en lugar de establecer la relación de las prohibidas, dentro de un espíritu genuino y sincero de evolución. Lo que se pretende realmente es que las cosas sigan como estaban, para lo cual nada es mejor que poner el carro delante de los bueyes.

Pero a lo que lleva la anunciada revisión del comunismo cubano, en relación con el paradigmático tropiezo de Evo Morales, es a una muestra de enorme valor sobre el embrollo en que se encuentra metida la izquierda leninista iberoamericana. Un “bolichavismo” queriendo adentrarse en esa misma aberración social, económica y política de la que la central castrista de La Habana no sabe como salir sin confesar que quiere hacerlo. Habrá que esperar, por Venezuela, a que baje la marea negra de los precios del petróleo y descienda también allí la producción de los hidrocarburos, como en Bolivia, por hostigar las inversiones extranjeras en ella. Los destinos del “bolichavismo” y el castrismo, con su corte de miserias, parecen tan compartidos como sus mismos orígenes.