Gates ganó a Clinton

Del eje del discurso del presidente Obama sobre la cuestión libia, pronunciado la víspera de su videoconferencia con los máximos dirigentes de Francia, Reino Unido y Alemania – un discurso resumible en la idea de que derrocar a Gadafi por la fuerza sería un error y rompería la coalición – han aflorado claves importantes sobre las tensiones internas de su Administración; concretamente, las existentes entre los titulares de los departamentos de Defensa y Estado.

Al poco de estallar el conflicto intestino de Libia, Hilary Clinton declaró que ella no seguiría como directora de la diplomacia estadounidense en el caso de que Barack Obama ganara las elecciones presidenciales del año que viene. Fue anuncio que no dejó de sorprender a los observadores internacionales, hasta el momento en que Robert Gates, ex director de la CIA y también ex director del Pentágono durante la Administración de George W.Bush, adelantó sus objeciones al entonces proyecto compartido entre los aliados de sustraer al dominio del régimen libio el espacio aéreo de su país, con el argumento de que tal medida – autorizada por la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de Naciones – implicaba la necesidad de recurrir a operaciones militares.

Ya entonces la discrepancia entre los dos departamentos clave había aflorado, porque desde la diplomacia de Washington se habían expresado pareceres de beligerancia muy aguda contra Muamar Gadafi y su destino, tanto político como personal. Fue un disenso interno en el Gobierno norteamericano, de carácter tan implícito como cierto. La beligerancia desde el departamento de Estado contrastaba sonoramente con las reservas prudentísimas del responsable del Pentágono.

Las posteriores precisiones del hombre de la Casa Blanca ilustran sobradamente sobre el hecho de que éste había arbitrado en la disputa a favor de las tesis de R.Gates y en contra H.Clinton. No parece difícil entender el porqué de esta decisión presidencial. Nadie como Robert Gates, que había sido ya titular de Defensa del anterior presidente, podía recurrir mejor al argumento de autoridad respecto la cuestión en disputa: la de mayor o menor implicación en el problema libio. Él, en cierto modo, era el coautor de los errores cometidos en Iraq con la guerra comenzada en marzo de 2003, de la que resta una implicación nacional estadounidense todavía no concluida. Y el error, sabido resulta, es la más importante fuente de conocimiento.

A la hora de redactar esta nota discurre en Londres, entre todas las partes implicadas en el problema un debate sobre los futuros que esperan al embrollo libio. Parece interés común de los participantes en este encuentro el trazado de una línea que – preservando los intereses humanitarios considerados en la Resolución 1973 -, no lleve el país a un caos somalí, por el hundimiento del Estado; aparte a Gadafi del escenario, y salve las riquezas en hidrocarburos de la rapiña internacional, para que los libios no queden con una mano delante y otra detrás. Por esto y todo lo demás espera a la Liga Árabe un papel de primera magnitud. De importancia inversamente proporcional a sus capacidades políticas efectivas.

SIRIA.- Emergidas las masas adictas al Gobierno sirio del presidente Assad –medidas en cientos de miles por las fuentes gubernamentales, certificadas con las imágenes difundidas por la TV oficial -; disuelto el Gobierno y anunciado el fin de la Ley de Excepción por la que ha sido gobernado el país desde l963, la pregunta que ahora se plantea es la de hasta dónde – como se señala desde la Oposición en el exilio – el cambio legislativo no va a quedar reducido al simple cambio de fecha en la partida de nacimiento de un idéntico sistema político de dictadura. O sea, algo cuya probabilidad venga sólo explicada, y nunca legitimada, por el hecho de que el islamismo terrorista de Al Qaeda y especies afines esté como está ahí. Imbricado en las capas de protesta lógica contra esa losa dictatorial de casi medio siglo que se acaba de remover ayer, entre el recelo muy compartido de que sea sólo para cambiarle por los canteros del grabado de la data.