Entre el Corán y las bombas

Ahora resulta que la cuestión libia y la emergida revuelta siria, con sus compartidas protestas al llegar los viernes – al igual que ocurría en El Cairo y sucede en Bahréin y la yemení Sanaa, lo mismo que pasa en Argel y sucede en las principales ciudades de Marruecos –, son procesos que comparten mecha y detonante.

Para el régimen sirio, el responsable de todo el lío tan grave en que éste se encuentra sumido, no es otro que un notable dentro del sunismo, el jeque Yusuf el Qaradawi, autoridad religiosa dentro de esa rama mayoritaria del Islam. Cuyas homilías en el día santo de los musulmanes, difundidas a través de Al Yazira, son seguidas por una audiencia de 40 millones de fieles.

Son los de Al Qaradawi sermones de pólvora contra los Gobiernos y las oposiciones que se apoyan en cualquiera de las variantes del chiísmo, aunque también contra los sintónicos de Israel, reales o supuestos, como fue el caso de Gadafi, a quien acusó en su momento – lo que ya es acusar – de complicidad con el sionismo. Posiblemente, cabe pensar, por el viraje de 180 grados que dio en sus relaciones con Estados Unidos después del bombardeo con que le obsequió Reagan en 1986, sobre su palacio tripolitano. También bombardeado estos días por los aliados.

Las acusaciones contra este personaje realizadas por esta consejera presidencial, Buaina Chabane, abren una ventana de importancia cierta para la más ajustada comprensión de la desestabilizada panorámica política y social que presenta el mundo árabe. Tal ventana o perspectiva no es otra que la del factor religioso como componente del proceso. Un componente de igual o superior jerarquía que el político, porque política y religión son cosas que allí se comen en el mismo plato.

Si en Bahréin fueron las mayorías chiíes las que se movilizaron contra la minoría suní que sostiene a la dinastía reinante en aquel emirato, ha sido ahora una voz muy relevante del sunismo la que, según dice la señora Chabane, ha soliviantado a las masas sirias contra sus gobernantes, adscritos a la secta alauita. El alauismo es una variante del chiísmo y, por ello mismo, una explicación del entendimiento estructural del Gobierno sirio con el régimen iraní; también del apoyo que el Gobierno de Damasco presta al chiísmo armado de la milicia libanesa de Hezbolá. Una fuerza que se encarga, con su hostilidad permanente hacia el Estado judío, de recordar que Siria se encuentra técnicamente en guerra con Israel, al no haber firmado todavía la paz desde el último conflicto armado de los judíos con los árabes del año 1973.

Ese tráfico de agitaciones y mensajes de hostilidad entre las sectas musulmanas está teniendo en estos momentos, por lo que parece, tanto o mayor peso que aquel que formalmente corresponde a los Estados. Así se podría explicar que los integrados en el Consejo de Cooperación del Golfo – donde sustancialmente rige el sunismo – se hayan dirigido al presidente Bashar al Assad, el alauí, para manifestarle su solidaridad en estas jornadas progresivamente más aciagas.

Pero el debate coránico de Siria no alcanzará ni a corto ni a largo plazo, al de las bombas de Libia, donde la OTAN ha entrado ya en funciones plenarias y la Turquía islámica se ofrece como mediadora entre los contendientes de su guerra civil.