Siria, lo urgente; Libia, lo importante

Buaina Chabane, la asesora especial de Assad II, el presidente de Siria, acaba de anunciar el fin de la Ley de Emergencia – aunque sin especificar plazo -, vigente en el país desde que el actual presidente era poco más que un niño de pecho; permanente por sucesivas motivaciones, razones o pretextos. Y se hace el anuncio porque a cada día que pasa, las protestas, los disturbios, son mayores, y los muertos en la represión son más numerosos. El giro de los acontecimientos se encuentra en régimen de progresión poco menos que exponencialmente acelerada. De ahí la urgencia periodística en aplicarles seguimiento, foco y análisis.

Durante este fin de semana, de otro punto, ha hecho crisis la situación militar en Libia, al haber revertido nuevamente el signo de la campaña por el peso del aplastante arbitraje militar de la coalición política, aunque todavía no se haya producido el trasvase a la OTAN del mando militar en esta guerra. Después de la reconquista de Ajdabiya por parte de los rebeldes durante la jornada del sábado, han seguido de inmediato las de Ras Lanuf y Ben Yaud, con capturas significativas de mercenarios subaharianos, de Chad y Mali.

Y si de esta manera, en lo estrictamente bélico, la contienda de Libia parece –ahora sí- definitivamente sentenciada, al menos en el actual ciclo, pendiente de la estabilidad y firmeza del endoso político aportado por la Liga Árabe; ocurre también que en lo económico ha sido el Estado de Qatarque se adelantó junto con los Emiratos Árabes Unidos a realizar aportaciones de su Fuerza Aérea – ha asumido el encargo de los rebeldes de gestionar la exportación del petróleo libio ya en poder de sus mandantes. El paso tiene trascendencia cierta, desde el punto y hora en que el otro componente de la alianza, el occidental y turco, mantiene las manos fuera de la gestión de tan pringosa  y vidriosísima riqueza. Significa ello que, de momento al menos, el fino y ligero crudo líbico queda todavía en manos de los árabes, sea cual sea el título por lo que se hace.

Estamos, por tanto, ante dos referencias muy de fondo para el capítulo anti-Gadafi de la revuelta árabe por la libertad y la democracia. Aunque no se sabe todavía hasta dónde llega la diversidad de las especies enroladas en el proceso general. Es decir, se ignoran las proporciones de tales componentes ideológicos; y, de entre todas, qué margen corresponde al islamismo frenético, puesto que éste es un sector agente al que la libertad política sólo interesa en la medida que sirva para disolver regímenes que, hasta el presente, fueron autocracias de corte nacionalista. Autocracias que desde el Egipto de Nasser se han aplicado a la guerra a muerte contra el islamismo en toda su gama de versiones.

En esa misma línea de represión anti-islamista figura la ejecutoria del régimen de los Assad, que al principio de los años 80 combatió con furia exterminadora a los Hermanos Musulmanes. ¿Y qué decir, de la guerra que declaró a éstos la autocracia argelina luego de que los islamistas  ganaran las elecciones de principio de los 90? El propio Gadafi ha sido de una contundencia feroz contra la disidencia político-religiosa. Por eso quizá sea de momento más importante el problema libio. Ocurre que a la cualidad sistémica del problema representado por Gadafi, se suma la colosal importancia económica del país, cuyo peso se multiplica en la propia medida de que se trata de un Estado geográficamente máximo y demográficamente mínimo. Un Estado como tantos otros Estados árabes que por falta de elementos constitutivos suficientes (equilibrio entre población y territorio; cohesión étnica, religiosa y cultural; tejido institucional adecuado; orden jurídico diferenciado etc.), no ha sido otra cosa que dictadura de un partido político.

Eso es lo que hay y vamos a ver en qué queda toda esta movida cuando se decanten los componentes del conflicto y los contendientes en liza, más allá de las aberraciones puntuales de cada uno de los regímenes. Lo que parece vislumbrarse como fondo, simplificando posiblemente demasiado, es una nueva colisión árabe entre islamismo y nacionalismo.