Cuando Obama se retranquea

Se estrenó la representación cuando el texto del libreto no estaba aun acabado. De esta suerte ya todo está en marcha y todavía no se sabe bien en general qué desenlace se quiere; aunque no por algunos de los protagonistas, que saben perfectamente qué buscan. Como es el caso de Francia, siempre tan rematadamente experta en saber qué le conviene; ahora desde la independencia que le aporta su autonomía energética con el casi 80 por ciento de electricidad de origen nuclear, ante una cuestión que resbala en la pringosidad del petróleo. Francia no sólo pone el paño al púlpito con el tema de Libia, sino que también se dirige a Damasco para exigirle moderación al Gobierno sirio por la facilidad con que su policía dispara contra los disidentes en la ciudad de Deraa, próxima a la vecina Jordania, donde también anda el panorama revuelto.

Y si Francia sabe tan bien qué pretende dentro del espacio mediterráneo, los Estados Unidos del presidente Obama puede que ya a estas horas sepan y conozcan qué no quieren dentro de la cuenca mediterránea. Le pasa lo mismo que en el mundo árabe-islámico, donde no acabó aun de amortizar la guerra de Iraq; mientras mantiene abierto en carne viva el conflicto armado de Afganistán y soporta la crítica inestabilidad de las relaciones con Pakistán. Por eso, muy posiblemente, Barack Obama se fue de viaje por América del Sur mientras se acababan de decantar, sobre Libia, las posiciones en el seno de la OTAN. Una vez que los atlánticos se hubieran metido en el bolsillo las dos Resoluciones de la ONU, especialmente la 1973, para abrir el melón líbico con la exclusión del espacio aéreo a los aviones de Gadafi.

También Alemania conoce a la perfección, desde su dependencia energética primordial del gas ruso, que le conviene solaparse en la posición de Moscú – que en el Consejo de Seguridad se abstuvo al votarse la Resolución 1973 (número que, por cierto, coincide con el año del gran golletazo árabe del petróleo), y en el retranqueo estadounidense. Por ello ha retirado su modesta aportación naval al despliegue en torno a Libia, al tiempo que ha operado una significativa transferencia de recursos militares a Estados Unidos, para que éstos cubran en Afganistán el hueco que dejarán los soldados que se lleve de allí, a incorporarlos a los efectivos de la OTAN en el Mediterráneo.

Dentro del reparto de papeles en el Mare Nostrum, que de alguna manera parece dibujarse en los últimos movimientos a propósito de Libia – donde la aviación aliada ha conseguido frenar los ataques a las posiciones en Misrata de los rebeldes (que también reajustan sus posiciones políticas internas al designar a Mahmud Jabril como su nuevo jefe político y militar) -; dentro de las reformulaciones internas de los aliados en las últimas horas, digo, debe señalarse el significativo cambio de Turquía, al haberse incorporado al despliegue de los occidentales, sumándose así, además, a la cooperante ecuación islamo-árabe de la Liga pastoreada por Amro Musa. El sutil personaje a quien podríamos ver, quizá el próximo septiembre, como presidente de Egipto.

Y dentro de los europeos concernidos en el despliegue militar ante el problema libio, estamos españoles e italianos, que somos quienes disponemos y aportamos más espacio estratégico y más intereses compartidos en la cuenca mediterránea; ahora en lo militar y tantas veces en lo económico. Más allá de los Gobiernos y de sus correspondientes signos.

Pese al Tratado de Lisboa, la Unión Europea no logra articular una política común, posiblemente porque los intereses nacionales concurrentes tienen de ello, de común, muy poco. Por lo cual, en tanto se van sedimentando los procesos multilaterales de cohesión, parece lo más razonable y prudente que los más afines, como Italia y España, busquen las sintonías y concierten las colaboraciones que sean ocasión y fuente de sinergias.

Si cada uno tira por un sitio a propósito de Libia, que al cabo no es más que una anécdota en la crónica de este tiempo revuelto, no estaría de más, como digo, que Italia y España, que algo son y algo hicieron en el Mediterráneo – por ejemplo en Lepanto, ante lo turco-francés – intentaran, en lo posible, evitar una compartida adscripción residual a funciones de comparsa.