¿Qué pasa realmente con Gadafi?

A cada día que pasa crece y se multiplica la confusión y el embrollo, sobre Libia en general y sobre Gadafi en particular. Después de haberse montado la que no está en los escritos, con dos Resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, y acaso con una posible tercera en torno a este confuso particular, sólo faltaba el impreciso y aun más confuso argumentario del presidente del Gobierno en el Congreso de que mientras exista el riesgo de que el régimen libio de Muamar Gadafi “vuelva a atacar a su pueblo, la comunidad internacional aplicará la fuerza necesaria para impedirlo”.

Decir eso y no decir nada supone prácticamente lo mismo. ¿Se desprende acaso la idea de que el mundo va a gastarse un dinero y el riesgo de miles de vidas para establecer un régimen de alerta internacional sobre Libia, montado sobre la premisa de que lo principal es que Gadafi permanezca en el poder, a despecho de las responsabilidades ya contraídas, en cuya virtud Naciones Unidas tiene ya establecido y resuelto que el Tribunal Internacional de Justicia instruya un sumario para depurar las correspondientes responsabilidades?

Junto al desbarajuste reinante sobre el destino que le está reservado al dictador libio, sólo faltaba esta aclaración inversa en el Congreso del que fue debelador de la guerra y ahora se pronuncia a favor de no se sabe qué empleo de las armas, que excluye toda remoción y cualquier violencia contra el sanguinario fantoche que lleva dos jornadas desaparecido, mientras sus colaboradores de las Fuerzas Armadas y los dirigentes de sus milicias siguen masacrando a la población civil tomándola como escudo frente a los rebeldes, cuando intentan reconquistar aquello que perdieron luego de haberlo ganado, por el desbarajuste diplomático que obstaculizó el acceso legal a las condiciones necesarias para que la exclusión aérea fuera practicable.

Y si aquella demora ha podido costar cientos de vida, posiblemente miles porque el canalla protegido oculta cualquier información al respecto, esta confusión de ahora sobre el destino que se le reserva al responsable de todo, puede llevar además de a nuevas pérdidas humanas, a una situación internacional preñada de toda suerte de riesgos y confusiones políticas, perniciosas en grado sumo para la seguridad de tres continentes – el africano, el asiático y el europeo –, por causa de la tormenta perfecta en que se están resolviendo las revueltas en el mundo árabe.

Parece lo más cierto también que el epicentro de toda esta desestabilización de los criterios y de las referencias, se encuentra situado en la mismísima Casa Blanca, que sometida a la presión tectónica del problema de Afganistán aparece sumida en una suerte de ataque violento de perplejidad. La todavía responsable de su diplomacia, la señora Clinton, ya ha presentado una “dimisión” a plazo. Anuncia que no seguiría en el departamento de Estado si Obama siguiera en la Casa Blanca tras de las próximas elecciones de 2012; mientras que el señor del Pentágono, Robert Gates, continúa echando el freno, como en el momento mismo que objetó la busca de la exclusión aérea.

Esa sísmica inversa de la parálisis que atenaza la Casa Blanca, ha generado un tsunami de confusión desde el que cabe afirmar que no acaba de saberse qué está haciendo a estas horas en Libia esa “comunidad internacional”, que tanto gusta decir al faro de la Moncloa. Carente de una dirección clara y estable, sin proyecto o plan de acción establecidos, el problema de Gadafi, cuyas aberrantes violaciones del Derecho trajeron la correspondiente condena del Consejo de Seguridad, no sólo está sin resolver, lo que aun sería aceptable. Lo que resulta inaceptable de todo punto es que el problema esté sin definir.

Nadie pide que se le cuelgue como se colgó a Sadam, sin que se le juzgue primero. Pero nadie puede aceptar que se le deje ahí, internacionalmente vigilado, como plantea ZP. El convidado de piedra en toda esta movida político-militar.