Estado árabe de ebullición

En torno del actual proceso líbico, al que, dentro de la coalición internacional, se ha añadido el debate sobre el futuro de Gadafi, se vuelve a recrear otra tormenta globalmente perfecta, con la proliferación de nuevos núcleos de crisis dentro de un proceso de mimetizaciones entre unos escenarios y otros. Como está siendo ahora mismo en Yemen respecto de Libia, con trasvases al bando de quienes protestan de mandos, autoridades y personalidades fraternas de quienes resisten en el poder.

Y junto a eso, titubeos como los de Marruecos, donde los cambios propuestos no satisfacen sino que irritan, mientras en la vecina Argelia quienes están por cualquiera de los cambios imaginables esperan la nueva ocasión para sorprender al sistema sin la policía dispuesta. Y asimismo, en tanto que en el Egipto del cambio consumado y refrendado, el naserismo residual en forma de gadafismo se manifiesta por El Cairo contra el secretario general de la ONU, Ban-ki Moon, queriéndole golpear, junto a la sede de la Liga Árabe por la labor del Consejo de Seguridad, que ayer tarde volvía a reunirse para seguir tratando de Libia luego de sus dos Resoluciones, directamente contra Gadafi y por su exclusión del espacio aéreo.

Por si algo faltara, mientras en la Unión Europea se delibera sobre la aplicación de nuevas sanciones económicas a los grandes beneficiados de la dictadura, los del Consejo Nacional, en Bengasi se congratulan, como no podía ser de otro modo, por los resultados de los bombardeos que han borrado a la aviación gubernamental del escenario, aunque a su vez se manifiestan contra la eventualidad de que tropas extranjeras pongan su planta en Libia. Y la Liga Árabe, dentro de la lógica de lo imposible insisten en la idea de que puedan hacerse tortillas sin romper los huevos; es decir, imponer la exclusión aérea sin disparar un misil y sin lanzar una bomba. Todo el mundo, de una forma u otra, pretende nadar y guardar la ropa.

Y entre los sujetos de pretensión interesada, aparece junto al golfo del petróleo la “longa manus” de la República Islámica (chií) de Irán para sacar tajada de la revuelta de los chiíes en Bahrein, más allá de que esta revuelta haya o no haya sido inducida o inspirada desde Teherán. De haberse impuesto allí un Gobierno dependiente de los iraníes, se habrían podido establecer las condiciones para desalojar políticamente las bases norteamericanas instaladas en la isla. Por eso y por otras razones, el Consejo de Cooperación del Golfo puso las cosas en su sitio de siempre…, y ahora ha sido Kuwait el miembro de ese mismo Consejo que ha hecho su aportación con su barco de guerra.

Pero dentro de todo este profuso lío donde ahora conjugan sus procesos el Oriente Próximo y el Oriente Medio, a lo que se ha venido a sumar el problema de Siria, amasado formalmente en las mismas demandas, y a la vez por encima de todo ello, se alza la indeterminación, las dudas y las perplejidades del presidente Obama con su pretensión de que Gadafi sea en todo caso un objetivo exento en lo militar; en tanto que desde Bengasi el Consejo Nacional, además de no tragar con tropa extranjera en suelo patrio tampoco traga con la hipótesis de una negociación política con el régimen que todavía permanece en Trípoli. Fue éste quien inició la guerra a muerte contra los otros libios y son ahora los de mayoría cirenaica quienes no quieren saber nada de los tripolitanos gadafistas, que posiblemente serán la mayoría, menos por convicción que, quizá por conveniencia. La permanencia de Gadafi, por resultas de cuanto ha hecho de inconveniente, pudiera ser incompatible con la permanencia de Libia como Estado unitario. Es un aspecto de la cuestión acaso visto por Hillary Clinton, la secretaria de Estado, y no por Robert Gates, el secretario de Defensa.