¿Qué después de Gadafi?

La demolición concertada del gadafato líbico, comenzada el sábado y continuada hasta después de la caída del debelador de la monarquía del rey Idris, presenta para su desenlace distintas variables, unas de proceso y otras de final o desenlace. En cuanto a lo primero, es de señalar que el dictador podría salvar la piel si se abre a una rendición negociada, como considera Washington; o si consigue escapar, algo prácticamente imposible. Y en cuanto al desenlace o final habría que considerar tres salidas: que Libia continúe tal como está, como república, unitaria ó federal; o como  monarquía, representada por un descendiente del rey Idris, al que depuso aquel coronel naserista que luego resultaría en este sátrapa de cómic.

Aunque no acaban ahí las disyuntivas en que se abren los posibles desenlaces de una guerra que, por fuerza de las cosas, no parece que vaya a durar mucho, por lo menguado de las huestes gadafianas, líbicas o mercenarias, y por el grado de determinación de los sublevados, que disponen ahora en su favor del peso de una concertación internacional incluida en ella desde la OTAN a la propia Liga Árabe. Extraño y casi fantasmal aparato éste que el propio Gadafi presidía cuando sobrevino el contagio de la cursante revuelta popular en el mundo árabe, detonante de la represión finalmente resuelta en  guerra digamos que civil.

Las disyuntivas incluyen la eventualidad de que Libia no continúe como Estado unitario, o ni siquiera como Estado. Originado éste en un pacto de etnias y de tribus pertenecientes a dos muy diferenciadas regiones, Cirenacia y la Tripolitania. Una de las cuestiones que se plantean es la de si esa urdimbre de pactos podrá superar la experiencia de lo sucedido, no sólo en el tiempo que abarca desde el comienzo de la revuelta, sino en los 30 largos años transcurridos desde el destronamiento del rey Idris por la misma generación de nacionalistas árabes que en el vecino Egipto descabalgaron de su ruidosa molicie al rey Faruk.

Parece que entre todas las posibilidades en que se puede resolver la incógnita, sea la menos probable de la salida pactada, visto hasta el último momento la nada fiable condición del Tío de la Jaima, que después de ordenar el alto el fuego tras de la primera incursión aérea, en que Francia se afanó, vino a bombardear Bengasi quizá por si hacía pleno y los cercados salían de la ciudad, todos los brazos en alto proclamando su rendición.

Pero si entre tanto Estados Unidos proclama que la exclusión del espacio libio ha sido impuesta, tras haber sido prácticamente destruido su sistema defensivo, el secretario general de la Liga Árabe, Amro Musa – que se reserva candidatura para la presidencia de Egipto en las elecciones de septiembre -, advierte que para la casi cumplida misión de apartar a los aviones de Gadafi de la escena, no hace falta que los soldados de la concertación pongan el pie en suelo libio, tal como se desprende de los términos de la Resolución 1973 de la ONU. Sin embargo, Washington ya ha hecho saber su propósito de continuar la presión sobre el Consejo de Seguridad para que éste amplíe las sanciones contra el régimen de Trípoli.

Veremos qué da de si tal segunda ronda para las sanciones, aunque en la Resolución precedente ya se establecieron represalias internacionales contra Gadafi por sus prácticas genocidas, y de alguna manera se habrán de implementar tales sanciones y las que en el inmediato futuro se pudieran establecer. De todas formas, lo que parece más claro de todo es que sean los propios libios quienes definan los términos de desenlace, puesto que son ahora los del bando rebelde quienes se dispondrán a emprender el turno de la dúplica, toda vez que ha desaparecido de los cielos esa aviación que les hizo retroceder todo lo que habían avanzado camino de la conquista de Trípoli.

Prefigurado el futuro por los caminos de la guerra civil, y ante la eventualidad de que la contienda encalle en una gran efusión de sangre entre cirenaicos tripolitanos, también cabría prever que internacionalmente se optara por la solución salomónica. Acaso por la vía de dos Estados, el cirenaico y el tripolitano, donde ahora sólo existe uno. Sólo viable al parecer, desde el destronamiento del rey Idris, bajo la dictadura de un régimen militar. Algo no insólito, por cierto, en el mundo árabe.