Desesperante tardanza

Las carencias operativas, esa incapacidad para decidir de la UE en política exterior y de defensa, tantas veces advertida y nunca resuelta, llevan a dos géneros de reflexiones: que los europeos no estén a punto para la urgente tarea de parar la maquinaria represiva de la dictadura líbica y que, en consecuencia, hayan de ser Estados Unidos quienes actúen. De lo primero se infiere un doloroso reconocimiento de la incapacidad por inmadurez del proyecto europeo, aparte de la incompetencia manifiesta de la señora Ashton. Y de lo segundo podría resultar, una vez más, que son los norteamericanos los titulares de la doble disponibilidad: la del ánimo necesario y la de la capacidad suficiente. Y ese resultado arrastra el subsiguiente: la previsible petición de cuentas que se les hagan por aquellos extremos que se hicieron defectuosa o inapropiadamente.

Detrás de británicos e italianos, en lo que toca a los europeos, no se ha movido nadie cuando en Ginebra la secretaria de Estado norteamericana ha puesto sobre la mesa el asunto de intervenir el espacio aéreo de Libia, como se hizo durante la guerra de los Balcanes, para impedir un nuevo empleo de la aviación gubernamental contra los manifestantes.

Los términos de la Resolución unánime del Consejo de Seguridad, por su propio texto y por su mismo contexto, dan cobertura bastante para que se actúe de inmediato y se evite toda posibilidad de que en Libia se sigan violando los derechos humanos durante el curso de la represión, tiránica, de la disidencia política y la protesta social por el expolio de las riquezas nacionales del país. Todo ello, además, con los riesgos ya señalados de infección islamista del proceso y de descomposición sin control de los restos del régimen. Y de los últimos vestigios del Estado.

Pero es que aquello que no se acaba de calibrar, como determinante de la urgencia con que se debería estar actuando desde hace varios días, es el peso del problema humanitario que se ha creado con los refugiados – subsaharianos en su inmensa mayoría- atrapados en Libia, sin apenas posibilidades materiales de escapar del país, y de entrar en Túnez aquellos que buscaron la salida por poniente. El caos ha generado dos represiones: es una la que practica el Gobierno libio y otra la que deriva del recelo de la población, que confunde con mercenarios a estos africanos del lado sur del desierto, con lo que son ya varias las muertes que se han ocasionado entre ellos.

¿Quién rompe esté diabólico estancamiento de la situación? Habrá que esperar que sea Estados Unidos quien lo haga. Los demás se montarán en su estela. Pero entre tanto el drama de los refugiados se ahonda y la situación político-militar se complica, se evidencia la incapacidad europea de actuar como un solo rostro en temas internacionales de cierta enjundia como este de Libia. De gravedad tan manifiesta, en lo político, en lo económico y en lo que respecta a la seguridad de la cuenca mediterránea; o sea, por ende, de la propia Unión Europea.

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