Gadafi, desahuciado

Atenidos del modo más estricto a la legalidad internacional, para que no pueda en ningún caso pasar en Libia lo que ocurrió en Iraq, tanto Estados Unidos como la Unión Europea han comenzado a moverse – diríase que en muy cuidada sintonía – después del fallo condenatorio del Consejo de Seguridad, al que se llegó el pasado sábado. Junto a las consideradas medidas de intervención del espacio aéreo libio, para salir al paso de la tentación gadafiana de repetir los bombardeos contra los resistentes, resalta la sincronía de las informaciones parciales sobre la reubicación de los efectivos de la VI Flota en el Mediterráneo (preparativos para una operatividad puntual ante el curso de los acontecimientos) con las manifestaciones de Hilary Clinton instando al todavía jefe del Estado libio a que abandone el país.

Es curiosa la percepción general de estas declaraciones de la secretaria de Estado norteamericana, en el sentido de que no han producido ninguna disonancia en medio alguno. Es un consenso internacional muy compacto el que a estas horas existe respecto al destino de este sangriento personaje. Dicho en dos palabras, el mundo le ha desahuciado ya de su instalación en el poder durante 41 años.

Pero tan perceptible como ese general acuerdo del mundo en que Gadafi y su tropa familiar desaparezcan del mapa líbico, es también la compartida idea de que este personaje ha perdido por entero el sentido de la realidad de las cosas. Cuando las fuerzas rebeladas están a las puertas de Trípoli y los suyos se marchan en desbandadas no se le ocurre otra cosa que enviar alimentos a la Cirenaica para que aquellos que, victoriosos, se encuentran allí se avengan a negociar la paz y la reconciliación. De gentes sustancialmente más cuerdas que Gadafi están llenos los manicomios.

Pero volviendo a las referencias sobre movimientos navales frente a la costa norteafricana oriental, puede ser lo más propio entender que toda intervención, a estas alturas ya, no estaría enfocada a consolidar la balanza militar en favor de los sublevados – cosa que se da por hecha ya -, sino a ordenar el tráfico de los acontecimientos que puedan sobrevenir cuando el poder gadafiano se haya eclipsado para siempre, esté donde esté el orate con su corte familiar y sus cofrades en la demencia.

Es mucha la viña que hay que guardar. En las muy revueltas y ensangrentadas aguas del cambio libio existe un riesgo muy cualificado de que lleguen pescadores de fortuna y piratas de muy varia condición. El islamismo es un problema subyacente, una cuestión que Gadafi no abordó para resolver sino para apantallarse con ella y obtener de la misma todo el beneficio posible. Tales residuos políticamente radiactivos del pasado no deben quedar a su aire.

Tampoco cabe olvidar la inconclusa situación en que se encuentra el desenlace de las revueltas egipcia y tunecina, especialmente ésta, en la que desembarcará un día de estos el presidente Rodríguez para explicarles a los tunecinos de qué forma se hace una transición como la que él acaba de deshacer en España. Lo de Libia es bastante más complicado que lo de Túnez y Egipto. De una parte, ha mediado en ella poco menos que un genocidio, por los medios y recursos que Gadafi ha empleado; y de otro punto, de enorme trascendencia económica, está el problema de la seguridad y el destino de los yacimientos petrolíferos de Libia, que representan una parte muy importante de los abastecimientos europeos de hidrocarburos. Y tan relevante como eso, o acaso más, la necesidad de evitar a todo trance que la caída de Gadafi en Libia, bajo el blando vientre de Europa, suponga lo que significó la caída de Barré, el dictador somalí. Y en Washington, cuando se les habla de Somalia se les ponen los pelos como escarpias, Si no, que se lo pregunten al marido de la señora que ha dicho a Gadafi que agarre las maletas y se marche.