De árabe, la ola salta a islámica

Cuando los rebeldes alcanzan las puertas de Trípoli, más llamativo aun que Gadafi haya conseguido – en su contra – la primera votación unánime habida en el Consejo de Seguridad de la ONU, mediante la cual el TPI (Tribunal Penal Internacional) instruirá un sumario por supuesto genocidio en el curso de la represión de la revuelta de los libios contra sus prácticas, que incluyen desde las hambres a las represiones de cualquier  orden contra la disidencia política en todos sus niveles de expresión; más relevante aún que el embargo de las cuentas bancarias oceánicas del dictador, de su familia y de sus cómplices  en la rebatiña y el terror de 41 años …, en tanto su poder agoniza en lo que quiere ser torrente de sangre; más allá de todo eso, aun siendo ello tanto, es el salto cualitativo que ha dado la revuelta árabe que comenzó en Túnez (a donde refluye derribando al primer ministro de transición), por haberse convertido en revuelta islámica al haber llegado a Shangai, luego de plantarse ante las murallas persas, y de haberse resuelto asimismo en sangre tanto en Bahrein como en Omán,  y luego de seguir forcejeando en Yemen contra otra presidencia también perpetuada, la de Alí Abdalá Saleh.

Es de calibre grueso, por definición, el impacto del tsunami contestatario en China, donde el escenario de la protesta tan radicalmente ha cambiado. Los sujetos agentes ya no son árabes. Son musulmanes mongoloides, con sus ojos rasgados y su identidad discriminada por un sistema de libertad económica, obstrucción social y exclusión ideológica. El fenómeno es de significado sin precedentes; de gran salto cualitativo dentro del friso que disparó la cifra de saturación correspondiente a una dictadura norteafricana, la tunecina, establecida como la egipcia y casi todas las árabes, sobre la coartada de la prevención y lucha contra el radicalismo islámico.

O sea, el mismo juego habido durante el tiempo de la Guerra Fría en tantos lugares de Occidente. Un juego en el que el responsable último, por haber sido el factor inicial y desencadenante, había sido entonces el sovietismo, como lo fue después el extremismo islámico. Quedando por resolver ahora el enigma de quien será el beneficiario primero de toda esta inmensa movida multi-continental de la Media Luna, enmarcada en principio entre el Estrecho de Gibraltar junto al Atlántico y los Estrechos Orientales entre el Índico y el Pacífico.

Pero en tanto se abre la puerta de la incógnita china- de la pregunta sobre qué alcances puede tener en el Imperio del Centro la ola que primero fue sólo árabe y ahora se desdobla en islámica -, es pertinente preguntarse sobre qué saldrá de las últimas deliberaciones de la OTAN respecto del curso de los acontecimientos armados dentro de la revolución líbica, cuando ya es cuestión de horas más que de días el choque mayor entre los amotinados que prevalecen y las fuerzas gadafianas reunidas en Trípoli, la capital.

Si la OTAN interviniera, tal como parece y debe, lo más probable tras de la Resolución del Consejo de Seguridad, sería que se desplomara de inmediato lo que queda del artefacto represor gadafiano, que ha estafado y asesinado a partes iguales. Aunque puede que sea la simple intervención del espacio aéreo líbico, cerrándolo, considerada durante el debate del borrador de la Resolución finalmente aprobada por unanimidad, lo que precipitaría el desenlace de la contienda y derrumbe del artefacto represor tripolitano.

Los términos de la Resolución de la ONU sobre Libia afectarán a qué haga el sátrapa en lo inmediato, pues de cerrarse el espacio aéreo, no podrá escapar en avión si previamente, para entonces, no hubiera huido ya – pese a lo que insiste decir lo contrario- , camino quizás de Sudán, de Persia o de Zimbabue. Cualquier lazareto de apestados y proscritos. Veremos qué pasa con el Tribunal Penal Internacional si finalmente procesa a este sujeto.