Demolición del gadafismo

Reducido al ámbito de Trípoli el poder de Nuamar Gadafi, tras perder posiciones a levante y a poniente; constreñido a utilizar en lo principal a la tropa mercenaria de subsaharianos para funciones de terror en la capital y sus entornos, solapándola con los restos que puedan quedar de los primeros mercenarios que tomó de la Stasi germano-oriental, durante los tiempos de Ulbrich y Honeker; envuelto todo en un secuestro de la información, que sólo se alcanza en términos residuales y dispersos…, tanto puede sobrevenir el colapso en cortísimo plazo como demorarse el desenlace, hasta que cuaje el consenso internacional para precipitar por las armas, eventualmente desde la propia iniciativa política de la Liga Árabe, el fin de la pesadilla.

No son únicamente las razones humanitarias, con ser tantas, aquellas que presionan a que se intervenga contra la demencial resolución de Gadafi contra los libios disidentes y resistentes más de 40 años de asfixia política y cleptocracia económica llevadas al paroxismo. Cuenta también, en otro orden de cosas, la necesidad de poner fin a un estado de cosas que consolida el disparo de los precios del petróleo, pues la borrasca genocida en que ha resuelto el régimen libio la protesta colectiva de las masas árabes contra los abusos de todo orden, se solapa con las expectativas de otra añadida y explosiva crisis en Argelia; pero no acaba ahí la suma de las ondas y la multiplicación de los distintos efectos libio-argelinos.

Debe contarse también el doble efecto iraní – en el cual se combinan los nubarrones de contestación que se ciernen sobre la dictadura persa, – combinado con el discurso de Mahmud Ahmdineyad y de Hugo Chávez contra la disposición saudí y de los Emiratos Árabes a elevar la producción de crudo para que el precio del barril frene en seco la subida, que ya circula por encima de los 111 dólares. Esta ciclogénesis del mercado petrolero, por causa de su virtualidad perturbadora de la economía occidental, podría emularse con la crisis petrolera de 1973, que acabó con la década dorada de los años 60; aunque, en este caso, no en términos de una bonanza perdida como entonces, sino en los de una recuperación económica frustrada.

Todo son motivos y razones para que se intervenga en Libia cuanto antes. El daño inferido por la tiránica demencia gadafiana en el sistema líbico, imperante desde hace casi 42 años, son tantos que hace impracticable toda idea de recuperación y cualquier esperanza de reconciliación. Tan radicales y profundos son los daños que ya no sólo, por supuesto, resulta impensable la reparación del régimen, sino que también – y tal resulta la cuestión de fondo – es el propio Estado, en su actual configuración unitaria, lo que parece irrecuperable. Gadafi reventó el status tribal existente, echando por la borda los pactos internos entre ellos, de todo lo cual no queda piedra sobre piedra ni grano sobre grano.

Pudiera ser, por ello mismo, que una de las razones por lo que internacionalmente no se ha resuelto todavía nada sobre Libia, fuera porque es mucho más arduo dar salida institucional a lo que quede tras de la intervención que ejecutar la entrada en el país de una fuerza de intervención para quitar de en medio a Gadafi con toda su cohorte de huríes adornadas con metralletas. Pero de momento, todo es posible y cualquier cosa puede pasar.