Libia, partida en dos

Al menos de momento, Libia aparece partida en dos. La Cirenaica, cuya capital es Bengasi, resulta una de las dos vías por las que libios en su gran mayoría y extranjeros de diversas nacionalidades, escapan de la feroz represión de los mercenarios y de las fuerzas que siguen leales a Gadafi; mientras figuras que hasta el presente fueran adictas el dictador le abandonan, dentro y fuera del país, especialmente muchos diplomáticos y funcionarios internacionales que sirvieron al régimen durante muchos años. Y entre tanto, familiares del vesánico coronel, entre ellos el hijo menor y su esposa, no han podido desembarcar en Beirut luego de haber salido del país en un jet privado, sin precisarse si llevaban consigo alguna cantidad significativa de riquezas, entre los cuantiosos tesoros acumulados por el sátrapa a lo largo de más de 40 años vendiendo millones de barriles de petróleo atesorados en sus cuentas particulares.

Las horas y los días discurren mientras el régimen se asiste con feroces prácticas represivas realizadas por cientos de mercenarios reclutados en Níger, Ghana y Sudán, traídos en aviones a toda prisa desde sus lugares de origen – a jornales, según se dice, de 2.000 dólares – para ejecutar la represión de las protestas en términos a los que se resisten muchos de los soldados del país, mientras que al propio tiempo algunos de los pilotos escapan con sus aviones, estrellándolos en el suelo tas arrojarse en paracaídas, o desertando y tomando tierra en Malta.

En todo caso, lo que parece establecerse es una situación en la que se disipa la maniobrabilidad militar de las Fuerzas Armadas libias, tras de perder el control del espacio de Cirenaica, con Bengasi, Tobruk, Al Baida y otras ciudades del Este. Mientras internacionalmente puede estarse concertando qué se hace, y de cual manera, para sacar fuera de Libia a los miles de refugiados de toda condición, aterrorizados por las amenazas de todo orden proferidas por el loco de la jaima, especialmente ante la probabilidad de que cuaje la guerra civil entre las fuerzas contendientes, cuya articulación interna respectivamente se desconoce lo mismo que las bazas de que disponen unos y otros, con las correspondientes armas y las adscripciones políticas de unos y de otros.

Lo que sí cabe prever es que desde la profunda radicalidad con que el gadafismo ha querido combatir a los disconformes, lo más previsible que ocurra es que se llegue a una proceso irreversible de la descomposición y fractura del Estado tribal propio del mundo líbico. En términos teóricos al menos, la catastrófica represión gadafiana llevada a cabo podría desembocar en la irrecuperable pérdida de la unidad estatal perdida, proliferando, por consecuencia, una serie de emiratos de secano susceptibles en todo caso de concertarse en una federación, semejante en algún modo a la que se formó en el Golfo Pérsico tras de la retirada de la instalación colonial británica desde el Este de Adén.

El varapalo político que el secretario general de la Liga Árabe, quitando a Gadafi de la presidencia de la misma, podría ser el primer paso para desguazar el Estado Líbico, al llevar las cosas, internacional y conjuntamente, a una recomposición quirúrgica y militar del sistema. Y todo ello por medio de un consenso internacional, dentro o fuera del propio Consejo de Seguridad de la ONU. Todo vale menos el genocidio archiconsumado.