Libia espera al mundo

Otra vez, como en tantos Estados árabes, debajo de los cuales no existe una sociedad trabada y articulada – y, por supuesto, nada que se le pueda parecer a lo que se entiende por sociedad civil -, tampoco en Libia había otra cosa que el poder omnímodo del coronel Gadafi. Ni lo había ni tampoco podrá haberlo hasta que pasen muchos años tras de la carnicería montada por el endiosado beduino ( que dice ahora que morirá como un mártir y que no abandonará el país) para reprimir las protestas sociales y las demandas de libertad de sus súbditos, comunes a los más de los componentes de la Liga Árabe. Si cupiera hacer paralelismos entre el mundo de la sociología política y el de los órdenes zoológicos, cabría decir que en lo referente a las sociedades árabes, las más de éstas son sociedades invertebradas, carentes de articulación interna y por ello son incapaces de componerse como base del Estado. Y siendo así las cosas, ¿cómo sin Estado verdadero cabe hablar de democracia o pensar en ella?

El orden de los vertebrados es uno, y otro bien distinto el de los crustáceos, recubiertos pos su exoesqueleto. Pues eso, la Libia de Gadafi, compuesta de disímiles y mal ajustados retales procedentes de la almoneda que hicieron del Imperio Turco los vencedores de la Primera Guerra Mundial; recosidos a su vez por quienes ganaron la Segunda Guerra Mundial, ha sido el resultado de una dictadura sin norte nacional alguno, sin otra función que agavillar los miles y miles de millones de dólares obtenidos por la venta del petróleo. Esas incalculables riquezas no han servido para la generación de un proyecto solidario, creando intereses y tejidos conjuntivos, aglutinadores. Sólo han valido para municionar la discriminación y las ventajas de unas tribus sobre otras y de unos espacios regionales sobre los demás.

Y así ha venido a estallar todo a las primeras de cambio cuando el viento de la libertad y de las demandas de justicia ha agitado las aguas de ese lago habitado por los cisnes unánimes que era la Liga de los Estados Árabes. Haciéndolo por el concurso de unas condiciones de comunicación, con Internet y sus redes, que ha revolucionado la física de las emociones colectivas y desplegado unas dinámicas que eran sencillamente impensables cuando la descolonización, impulsada de consuno por Estados Unidos y La URSS, liquidó el orden mundial esbozado al final del siglo XIX; orden cuajado en el periodo de entreguerras y desarticulado en la postguerra por el concurso esencial de la Organización de Naciones Unidas.

Pues eso. Donde más despóticas han sido las transiciones desde la independencia de la colonia al Estado de ahora mismo, más traumáticos han resultado los choques de la ola libertaria, pues más altos eran los escollos que se alzaban frente a ella. Y frente a casos como el de la Libia de Gadafi, que ha sido una inacabable orgía de dilapidación de las rentas del petróleo en sueños y fantasías de músculo político y potencia militar, las monarquías del Golfo Pérsico –excepción hecha hasta ahora de Bahrein – han desarrollado un sistema de fiscalidad inversa, en la que los nacionales han recibido del Estado la cuota fiscal, luego de que éste haya llevado a término ingentes programas de infraestructuras, hospitales y toda suerte de asistencias. Aunque obviamente sigan cerrados a sistemas de representación política cohonestables.

Según los casos, por tanto, así seguirá fluyendo la ola de la modernización política en el mundo árabe. Pero es difícil que venga a repetirse la canallada sistémica del sátrapa tripolitano, cerrilmente adverso, desde su tribalismo congénito, contra los libios de la Cirenaica en primera instancia, perdiendo la batalla de Bengasi, y después llevando su demencia a bombardear barrios de Trípoli con excusas militares, supuestamente para la destrucción de depósitos de armas abandonados por los soldados y a punto de caer en manos de las gentes sublevadas, como ocurrió en Bengasi.

Pero ahora la pregunta acuciante es cuando y cómo el mundo meterá mano, apagará el fuego y pondrá orden entre tan descomunal canallada. Libia y no es sólo un problema árabe. Es una trágica injusticia internacional. Absoluto terrorismo de Estado. Por eso Libia espera al mundo.