La final atrocidad del gadafismo

Cuando las unidades de cuenta de las muertes se instalan en la centena y en el millar la de los heridos, sin poderse precisar todavía la correspondiente a los detenidos; cuando el ministro de Justicia dimite por la escandalosa y criminal desproporción de las medidas represivas contra la protesta social y política desde la saturación de la paciencia colectiva al cabo de 42 años de dictadura personal de un beduino que el rey Idris había mandado a la Academia militar británica, y dos cazabombarderos líbicos desertan y aterrizan en el aeropuerto maltés de la Valetta; cuando los manifestantes se apoderan de carros de combate en la masacrada Bengasi y confraternizan con los soldados, mientras en Trípoli la sede del Parlamento y edificios gubernamentales son pasto de las llamas y arden asimismo comisarías de policía y dependencias oficiales en muchas ciudades del país, y entre tanto los contingentes para la represión comenzaron con gases lacrimógenos, siguiendo luego con fusiles de asalto morteros, artillería pesada y el empleo de aviones para bombardear barrios de Trípoli, causando 250 muertos según Al Yazira, en tanto no se ha desmentido la versión del que hasta la presente crisis fue dueño del silencio de todos en Libia ha reclutado mercenarios para la represión de las manifestaciones, supuestamente por la previa convicción de que Policía y Ejército se resistirían a ejecutar las órdenes de que se masacrara a la sobrevenida disidencia…, cuando todo eso se ha dado, no hay otra conclusión que la de que sólo el caos imperará en Libia durante el brevísimo plazo que espera para la caída del sátrapa. Financiador de terrorismo internacional y actual presidente de turno de la Liga de Estados Árabes.

La barbarie represiva contra la población civil es tan absoluta que en el contexto de la condena internacional, comenzando por la propia ONU y la Unión Europea, la Administración norteamericana hace saber que “sopesa el empleo de todas las acciones apropiadas”. Apropiada sería una intervención militar, por lo que no cabe descartarla, tanto en solitario como con la colaboración de fuerzas árabes, quizá egipcias. Pero no es de descartar, digo, ninguna hipótesis. Ya en abril de 1986 el presidente Ronald Reagan ordenó un ataque aéreo a Trípoli tras del atentado terrorista libio contra soldados norteamericanos en Berlín. Gadafi escapó porque no estaba en su residencia sino alojado en una jaima beduina, que después adoptó como fórmula de alojamiento cada vez que viaja al extranjero.

No es exageración tildar de genocida la acción represiva contra los manifestantes ordenada por Gadafi, respecto del cual se había especulado ayer con la posibilidad de que huyera de Libia para asilarse en Venezuela, eventualidad descartada por las autoridades de Caracas. Debió especularse con Irán. Pero en cualquier caso, lo que puede darse como muy probable es una intervención internacional que ponga fin a la enloquecida furia del orate de Trípoli, que a estas horas ha quemado ya el tejido de equilibradas relaciones tribales en que se basaba su poder mientras nunca se había cuestionado el formato global en que aparecía articulado.

La salida del país de la población extranjera que puede hacerlo, comenzando por el personal de las embajadas, certifica la insostenibilidad y poco menos que la defunción del régimen libio. Pocos o ninguno pensamos que la ola árabe del cambio se estrellara contra un rompiente de esta magnitud. Todos habíamos olvidado que este sujeto de opereta en los últimos tiempos era verdaderamente un loco vesánico, borracho de adulación y de petróleo, que ha puesto el barril mucho más por las nubes de lo que estaba. ¡Qué vergüenza para el mundo árabe!